Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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domingo, 22 de agosto de 2010

De Las cosas que no nos dijimos a Appassionata


Acabé con el Maldito karma mucho antes de lo previsto y, más allá de un libro sobre ejericios de pilates original no tenía lectura en la recámara. Así que acudí a un sitio que venden periódicos, revistas, chuches, loterías varias, postales y, bueno, libros de bolsillo para emergencias. Le di varias vueltas al expositor. No había mucho material. Best sellers de estos que ya sabemos. Así que tomé en mis manos uno de los que en invierno había visto que era reeditado, leí las primeras páginas y pagué los 8,95 euracos. Se trataba de Las cosas que no nos dijimos, de Marc Levy.

Y lo cierto es que para tratarse de un best seller la cosa está bastante bien. Como ya me ha venido pasando, y al igual que el verano pasado, el destino me ha llevado a entretenerme gracias a la muerte en tono no trágico. Y esta novela también tiene su relación con la de la guadaña.

El libro se ha vendido a racimos, o mejor, a trailers, seguramente porque es sencillo, se lee, rápido, llega a la emotividad sin provocarnos un valle de lágrimas y siempre podemos identificarnos, pensar en aquellas cosas que no nos dijimos. Siempre hay alguien a quien no le dijimos algo que deberíamos haber dicho y que queda pendiente como jirón, más o menos grande. Esa es la historia de esta novela, la historia de una segunda oportunidad.

Y el viaje es la fórmula empleada para hablar. El viaje ayuda a que fluya la comunicación después de una vida de incomunicación. Julia, la protagonista, cuatro días antes de su boda recibe la noticia de la muerte de su padre, Anthony Walsh, un triunfador hombre de negocios con quien no ha tenido mayor relación. El mismo día que está prevista su boda tiene que ir a recibir sus restos mortales. La boda se aplaza y Julia recibe un gran paquete. Un último regalo de su padre que la lleva a realizar un viaje estrambótico pero maravilloso. Un viaje lleno de pasado y de futuro en el que acabar con los miedos (“es fascinante cómo puede el miedo inhibir el espíritu”); acabar con la mentira de una relación (“¿Crees que vivir con alguien sin estar segura de tus sentimientos no es una mentira, una traición? ¿Tienes la más mínima idea de en qué se transforma la vida cuando la otra persona vive a tu lado como si te hubieras convertido en un extraño?”); la influencia de la infancia a la hora de madurar, eso sí con justificación final (“… uno puede echarle la culpa de todo a su infancia, culpar indefinidamente a sus padres de todos los males que padece, de las pruebas a las que lo somete la vida, de sus debilidades, de sus cobardías, pero a fin de cuentas es responsable de su propia existencia; uno se convierte en quien decide ser”).

El viaje está repleto de consejos de la experiencia de la vida ante asuntos como la soledad, las cosas importantes y, sobre todo amor. El amor profundo y verdadero entre Julia y Tomas surgido 20 años atrás. Este amor nos lleva a la Alemania del Este, a unas páginas que sobran narrando un viaje hacia el muro de Berlín que caía (en los best sellers hay que rellenar páginas a veces) y a recuerdos de aquella Alemania que me evocan la magnífica película La vida de los otros, esa historia de un hombre bueno de la Stasi, la policía política de la República Democrática Alemana.

Quizá me quedé con descripción del amor de un padre o una madre por sus hijos y su conclusión: “¿Te imaginas hasta que punto hay que amar para aprender a vivir más que por vosotros, sabiendo que lo olvidaréis todo de vuestros primeros años, que en los años venideros sufriréis por lo que no hayamos hecho bien, que llegará un día irremediablemente, en que os separaréis de nosotros, orgullosos de vuestra libertad?”

Y como me he puesto un poco moñoño os pongo aquella sonata de Bethoven, Appassionata que era mencionada en La vida de los otros, y, que dicen las malas lenguas Lenin no quería terminar de oír porque era tan maravillosa y evocaba tanta bondad que si la escuchaba, temía no poder llevar a cabo la Revolución.

martes, 26 de enero de 2010

Virus

Los virus se mueven, bailan, danzan al ritmo que marcan los medios de comunicación. Atacan masivamente, son potenciales asesinos según dicte la agenda de los medios al uso. Tras vacas locas y gripes porcinas, la gripe A abría informativos, llenaba portadas de periódicos hace escasos meses.


Pero hay otros virus que, en este mundo desarrollado, nos dejan hechos unos zorros. Mi ordenador ha sido atacado por tierra, mar y aire, con troyanos, con programas espías, con un arsenal de virus que no hay quien lo arranque. Y yo ando como alma en pena, como si media vida la tuviera paralizada. Entro en los ciber, lampo portátiles, pero no es lo mismo…, que mi disco duro es mi disco duro. Mis amigos están en mi ordenador, mis pasiones, mis emociones, mis obsesiones, mis aficiones están en dique seco. Muchas, quizá no las recupere nunca.

Hablamos de los beneficios de los laboratorios farmacéuticos, pero lo que yo no sé es el beneficio de las empresas de antivirus informáticos, que contratas por un año con un porrón de cláusulas, muchas veces en inglés, y que cuando te quedas sin tu alter ego, sin tu avatar, sin tu trasunto en la vida, sin tu PC, no tienen nada que ver. El virus es muy moderno y tal y el antivirus no lo ha detectado.

Mi ordenador se debate entre la vida y la muerte, pero lo mas grave es que hace un tiempo, no muy lejano, alguien, no se quién, me ha inoculado un virus que hace que sin ordenador mi alma no encuentre consuelo. Mientras mi correo electrónico crea telarañas, mis redes sociales se estancan sin que nadie me eche en falta, quizá vaya al cine, lea, de un paseo… Eso sí, cuando mi sistema operativo vuelva a estar en forma, esto lo pongo en el blog. Y con el nombre del antivirus traidor. En fin, las cosas del mundo desarrollado.

Y si no haces de la ortodoxia melómana ley inamovible, quizá este video te guste:

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