Nunca he sido excesivamente mitómano, cada vez menos, y menos con gente viva. Quizá por eso, la atención que le presté a aquel futbolista del Real Madrid que estaba en mi mismo pelotón, fue la de: "¡Ah!, Pardeza el del Madrí" (pues vale. Ahí andamos agachados por las esquinas en la foto. Uno con aspecto de futbolista y otro de corresponsal en Móstoles, que tiene sus riesgos).
La genética quiso que
Pardeza estuviera detrás de mí en la formación, que subido uno encima de otro, todavía éramos más bajitos que el primero de la fila. Pero mucho mejor andábamos en la parte de atrás, que mientras a los de delante se les veía y oía, por atrás podíamos charlar y hacer el ganso.

Ahí descubrí a un tipo magnífico, de la
Quinta del Buitre, que canturreaba La Albada, del abuelo
Labordeta (estaba medio enamorado de Zaragoza), mientras nos ponían una y otra vez el
Ardor Guerrero. Yo, respondía con
La Internacional.
En aquellos días de cuartel en el campamento de instrucción, en
Móstoles, Pardeza dejaba claro que era un tipo que sabía de dónde venía, de un pueblo de Huelva, en donde desde que nació le daba patadas a las latas vacías. Luego, con doce o catorce años, se vino a Madrid, al
Madrí, donde, gracias al equipo, pudo hacer lo que le gustaba: jugar al fútbol y estudiar. Con sacrificio, creo recordar.
Ese buscarse la vida desde casi la infancia le otorgaba una madurez ausente en buena parte de los reclutas. Le recuerdo cabreado, negándose a usar las botas de deporte militares, porque el "comía con sus pies". Y le dejaron usar sus propias deportivas. Cuando se cabreaba, se le ponía cara de asco, como de mal olor. Se le levantaban las aletas de la nariz, la boca adquiría unas arrugas espantosas y hasta la claridad de su mirada se oscurecía.
Sí, incluso más bajito en centímetros que el que suscribe, pero esa cara de mala ostia tenía que acojonar a los porteros.
Y cuando se ponía a hablar: hablaba, hablaba y hablaba con un extraño acento y un tono inexistente en el pentagrama, pero con unas frases perfectamente construidas y vocalizadas. El tipo superaba con creces la media cultureta de aquel cuartel. Y yo creo que si hubiera encabezado un motín, aquello habría tenido éxito, que le veía yo un líder desperdiciado para la política.
Después del campamento a mi me mandaron a conducir a un Tecol. del Estado Mayor. A él le mandaron a otra compañía y ¡joé! algunas guardias se chupó, que yo le veía cuando me tocaba volver a guardar el negro automovil en las cocheras y él comprobaba, más o menos, que iba sin bomba lapa en los bajos.
Luego, de civil, Pardeza tuvo la amabilidad de concederme una entrevista que nunca fue publicada porque era una práctica para la Facultad. Por ahí debe andar la entrevista. Sí recuerdo la impresión de ir a buscarle a la Ciudad Deportiva y encontrarme rodeado de niños pidiendo autógrafos. Por supuesto alguno firmé, por no desilusionar a los críos.
Después, lógicamente, caminos distintos. Y una noche, hará algo más de un lustro, me lo encuentro en la pantalla de la televisión, en un programa de libros, entrevistado como un gran especialista en César González Ruano, curioso personaje, escritor e hiperactivo periodista muerto en el año de nuestra quinta. La memoria, que a veces me falla, me dice que Pardeza estudiaba Derecho, pero según este programa televisivo escampó por filología, o mi memoria me falla.
Desconozco la evolución personal de Pardeza, pero hace cosa de 25 años era un tipo tan estupendo que se ha colado en esa parte del cerebro que sólo quiere recordar cosas buenas de, por ejemplo, mi mili. Ahora veo que
Florentino Pérez ha fichado a Pardeza como director deportivo del
Madrí (muchos volvemos de cuando en cuando a casa), que debe ser la ostia el cargo. Entro poco en los bares, pero me batiría en duelo por defender en cualquier debate de barra de bar al
recluta Pardeza, que era un buen tipo, emocionalmente inteligente, listo, a quien nadie le regaló nada, y a quien le gustaba el abuelo Labordeta:
">
P.D. Sin ánimo de asesorar a Pardeza, diré que
La Albada tiene un crescendo como el ya tan usado
Nessum Dorma de
Pavaroti, pero en aragonés. Apto para subidones deportivos. Ó séá, cón más ácéntó que diría mi amiga Áná, la madrileña de Zaragoza.