Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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lunes, 1 de febrero de 2010

Luis Landero, Retrato de un hombre inmaduro y las pequeñas cosas

Tras la novela negra del otro día, Doble Cero, volví a Landero y su última obra: Retrato de un hombre inmaduro, que es la historia de una vida repleta de sabiduría normal. Es decir, Landero no se traiciona, que en mi opinión es el escritor de las pequeñas cosas, las importantes, las que conforman una vida. En la vida que narra, los recuerdos van y vienen descolocados, como la memoria misma: la guerra de Irak, la adolescencia, la infancia, la madurez… Recuerdos a los que Landero pone alma con un buen listado de personajes variopintos. Y todo ello salpicado por el fino humor, la ironía, la retranca.

El protagonista habla de sí mismo a través de sus recuerdos y de intimistas autorretratos (el título lo evidencia). Al principio de la obra: “Y en fin, así soy yo. Un hombre sin virtudes, un yermo donde no crecen malas hierbas, es cierto, pero tampoco la más humilde flor” (pag. 20). O al final: “mi vida es el cuento de los que nada tienen que contar”.

Landero no se olvida de retratar los lugares en los que se suceden las historias, desde el Hotel City, a los bares, viviendas, barrios en los que va transcurriendo la acción. Pero lo que da alma a la novela es listado de personajes: el hombre de la silla de ruedas; la vecina Micaela; el señor Tur y su contrario Florentino; doña Catalina, Bertini, el fontanero; Chicoserio; Máximo Pérez, el director del periódico de barrio en el que durante diez años trabaja; Gisbert, el escritor, el obrero de las letras; Sampedro; Aquilino Lobo…

Algunos personajes me recuerdan a Juegos de la edad tardía. Así, el señor Tur, un hombre con vocación sedentaria condenado a ser nómada por su trabajo: comerciante. Y su contrario, el nómada metido por fuerza a sedentario: Florentino. Historias reales de esta vida que a la fuerza ahorca. También presta especial atención a los periodistas, no en vano el protagonista comenzó la carrera y a ello se dedicó durante bastante tiempo.

Y sí, a través de su director y del escritor a sueldo, nos habla el protagonista sobre la comunicación: las palabras, el lenguaje, el silencio, la literatura. Pero son muchos los asuntos que nos pasan en la vida. A mí me llaman la atención las reflexiones sobre el poder en dos momentos distintos de la novela. En la página 27: “Yo creo que el poder es muy fácil, que está ahí, disponible para quien no le haga ascos y quiera meter en él las manos. Hasta donde le quepan…” O poco más adelante, en la página 30: “El poder es algo mágico, sobrenatural, tanto para el que lo ejerce como para el que lo recibe, lo sufre y a veces lo disfruta…” Y ya en el tramo final de la novela: “También yo me dedico, como no, a joder al prójimo, porque en eso precisamente consiste el disfrute del poder, pero no al personal de a pie, sino a los poderosos, a los banqueros, a los bokers de Wall Street, a los especuladores, al señoritismo global…”

Otro asunto que destaco son las reflexiones sobre la pareja y relata su experiencia con el matrimonio: “A veces me pregunto si nos queremos, o mejor dicho, si nos hemos querido alguna vez. Yo creo que no, pero cómo saberlo, cómo distinguir algo en el oscuro abismo de los sentimientos…”, y ahí aparece la ternura, la rutina, el sexo desmotivado. Todo ello nada tiene que ver con el par de amores que sí ha tenido en su vida. Y es que el protagonista hace auténticos discursos sobre el amor adolescente, la felicidad…, y retrata la tristeza que deviene en depresión de manera magistral: “Allí estaba la tristeza aquella de que le hablé, la insondable, la cataclísmica, la que entra en tu vida devastándolo todo, hasta las mismas ganas de vivir”.

Por supuesto también hay un par de episodios eróticos que están en la cabeza de nuestro protagonista y a los que echa mano de vez en cuando. Sólo me queda una duda, que el propio narrador se interroga, creo yo que retóricamente. Y no pillo: “La abundancia material es hija del espíritu, como el fruto lo es de la flor y los sindicatos de la poesía. ¿Queda claro el concepto?” Yo, personalmente le preguntaría a Javier López, que es poeta y sindicalista. Y ahora que me doy cuenta, joé, “no tengo aquí las herramientas”.

Para mí, creo que alguien me lo hizo ver una vez, Landero es el narrador de las pequeñas cosas, como Serrat:

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martes, 6 de octubre de 2009

Los sueños de la edad tardía / el tiempo / la felicidad / los nombres (y II)

Contaba en la entrada de ayer las vueltas que he dado hasta que mi espíritu se ha hecho con Los juegos de la edad tardía de Luis Landero. Diré, para colmo de casuales con esta novela, que de un tiempo a esta parte he comenzado a tener cierta relación profesional con un tipo que dice llamarse Oswaldo Puente (pongo aquí su foto) y que estéticamente, a veces me recuerda a Faroni.
Pero os relato unas cuantas cosas más sobre cómo me ha llegado al alma Los juegos de la edad tardía.



Son pocos los personajes que desfilan por la novela. Sus protagonistas, fracasados, habitantes de una época absolutamente oscura. Sueños y objetivos incumplidos que tienen una forma sencilla de realizarse: a través de la imaginación, de la mentira inocente que va creciendo y creciendo. Gregorio es ya un tipo maduro, oficinista gris al que sus sueños juveniles se le han esfumado. Telefónicamente conoce a Gil, quien lejos de la gran ciudad recuerda sus años jóvenes en Madrid y todo aquello que piensa se ha perdido en la vida. Gregorio sucumbe a la necesidad de Gil de tener un héroe artista y se convierte en el hombre que quiso ser en su juventud, Faroni: ingeniero y poeta, triunfador de tertulia, culto, viajero, políglota, extravagante en el vestir, progre…

Gil decide conocer a Gregorio, pero ya no hay vuelta atrás. Estos maduros han iniciado un juego de adolescentes peligroso y sólo Faroni puede salvarlos.

La historia de Gregorio, en primera persona, con las pinceladas de su familia no tienen desperdicio (Mi padre decía: "¿Cómo se explica que en los periódicos siempre haya atropellos y en las calles no? Si quieres ser periodista, muchacho, tendrás que irte lejos").
El veloz paso del tiempo: "Una tristeza antigua le nubló la mirada. Más de veinte años habían pasado. Desde entonces no había vuelto a cantar al otoño, ni a sentir el apremio del cariño, ni a nombrar a la amada por sus nombres secretos de pájaros y flores. Ató la caja de zapatos preguntándose a cambio de qué había renunciado a todo aquello…" O sea, una severa crisis de los cuarenta. Y la receta, "así, queriendo burlar el tiempo, sólo consiguió vivirlo con una intensidad interminable". La felicidad: "a veces la felicidad es algo tan sencillo que no nos damos cuenta de su presencia, y vamos a buscarla a otra parte, muy lejos".

Landero, a lo largo de la obra insite en jugar con los nombres y los seudónimos. Su protagonista le quita cualquier importancia a tener un nombre u otro: "si te fijas, las cosas que tienen más de un nombre siempre son mágicas, y lo que hacemos los poetas es ponerles a las cosas nombres nuevos, para hacerlas más misteriosas".

Pero más allá del tema o los temas de fondo, Landero es un maestro del lenguaje a la antigua usanza: "No había luces, y nada se oía sino un apagado trajín de vajilla al otro lado de el asa, tan lejos que se confundía con la lluvia. En las paredes, una trémula perspectiva de brillos muertos definía la distancia, y por todas partes había un olor a gente ya cenada, a mondas de fruta y a limpieza ganada a pulso y exhibida con los legítimos despojos arrebatados al contrario. Olía a pulcritud en estado de sitio, a orines derrotados, a carne vieja embutida en pijama" (…)

En definitiva que el libro absorve. Un libro para pensar. Para aprender a utilizar el lenguaje. Un libro, al que, además, debo agradecer haberme hecho unas lentes progresivas.

Un libro para leer pausadamente y sin el tragín del metro o el autobús, a pesar de que se comunique con otro libro a través de túneles y laberintos:



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(Si estás en face book e original, a la dirección del blog, para ver el video de este microrelato de Landero que os recomiendo. Dura menos de dos minutos)<

lunes, 5 de octubre de 2009

Luis Landero, Juegos de la edad tardía y mi presbicia (I)

Hay que ver las vueltas que a veces da un libro a nuestro alrededor hasta que finalmente lo leemos. Recuerdo perfectamente que en enero de 1991 adquirí en la Cuesta de Moyano la novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía. Un gran éxito de un gran autor. El primer gran éxito de una producción bastante breve. En aquellos días, cuando aún verdeaba la caída del Muro de Berlín o la revuelta de Tian'anmen, pasaban muchas cosas y muy rápido y tenía yo la intención de evitar que el capitalismo salvaje (no yo una economía mixta) se apoderara del mundo… Evidentemente, mi influencia, como era de esperar, fue nula. En esa época yo aún no usaba lentes correctoras, que dice el carnet de conducir.

No sé si perdí mucho tiempo y energías en aquellos años, pero relegué la lectura de los Juegos de la edad tardía hacia el futuro. Incluso su temática me animó a que sus páginas y mi espíritu adquirieran más solera.

Años después, ya con la marca de las gafas en el puente nasal, cogí nuevamente la novela y me di cuenta de que tenía que hacerme una revisión urgente de la vista. No podía. Después de cinco páginas se me amontonaban las letras, las líneas y los espacios. Abandoné por incapacidad física. Me cambié de gafas, pero los Juegos de la edad tardía perdieron su puesto en la mesilla a la espera de ser leído.

El tiempo pasaba y pasaba y allá por 2005 devoré otro libro de Landero, Cómo le corto el pelo caballero, lo cual me pareció una epecie de traición a Juegos de la edad tardía. Así pues, recorrí toda la casa buscando el volumen de Tusquets. No lo encontraba. Esta búsqueda me produjo una tremenda ansiedad y terminé por comprarlo nuevamente en una librería de viejo. Cuando lo así entre las manos ¡Dios mío!, pero qué tamaño tiene esta letra. No pude hacerme de nuevo con él por incapacidad física.

Tomé mi nueva adquisición y fui a colocarlo en la estantería, en el que debía ser su sitio: autores españoles e hispanoaméricanos. Llegué a la "L" de Landero y… ¡Aaaaghh!, ahí estaba el volumen que compré en enero de 1991 a pesar de un par de mudanzas. Así las cosas fui a la óptica y les comenté mi problema. Les aburrieron bastante mis aventuras y desventuras con el libro de Landero, pero, efectivamente me diagnosticaron presbicia, "vamos, vista cansada". La presbicia (del griego, anciano) unida al astigmatismo y la hipermetropía dieron como resultado la necesidad de unas gafas progresivas. Un pastón y un lío a la hora de enfocar.

Tuve que visitar la óptica varias para que me recolocaran un poco todo (las patillas, el puente…), con tanto infortunio que me rompieron las gafas al manipularlas. Y los Juegos de la edad tardía esperando. Y el tipo de la portada del libro mirándome con esa cara tan particular… Así que llegó el verano y recorrí lecturas con letras de mayor cuerpo. Y ahora sí, terminado el verano cogí nuevamente la novela de Landero (más de dieciocho años después) y, gracias a las gafas, me introduje en sus trescientas y pico páginas. Disfrutándolas pausadamente. Creo que, ya con presbicia, se saborea mejor esta novela. Creo que los hados no me han permitido leerla hasta ahora, con más solera en sus páginas y mi espíritu.
Me he pasado. Mañana sigo.