Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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viernes, 25 de febrero de 2011

Del Agudo a Cinco horas con Mario / gran Natalia Millán


El Agudo era el profesor de Literatura que tuve en 2º de BUP y en COU. Para mí un tipo inolvidable: bajito, muy bajito; de tez morena, poco pelo fino y canoso; con un molar aúreo que se entreveía una vez al mes: cuando sonreía; embutido en su bata blanca, jersey de lana y corbata; con cierto aspecto de sargento chusquero y más de derechas que Millán Astray.
Su hijo Alberto era buen amigo mío así que el Agudo un día decidió que no podíamos estar sentados juntos, que el cachondeo era extremo. Con todo, el Agudo tenía buen rollo conmigo, que recuerdo arrancarle varias sonrisas. Si se hubiera puesto un poco más plasta seguramente yo habría terminado siendo actor, actorucho o actorzuelo, que nunca se sabe...
Me estoy dando cuenta de que el Agudo merecería una entrada entera en este blog, porque hoy venía a hablaros de la magnífica Cinco horas con Mario que se está representando en el Teatro Reina Victoria de Madrid, con una fabulosa Natalia Millán.

Claro, lo del Agudo venía a cuento porque en COU nos mandó hacer un porrón de trabajos, entre ellos Cinco horas con Mario. En esto de la Literatura era yo bastante aplicado, todo hay que decirlo, y me leí la novela en cinco horas, que Delibes cuadró los tiempos. Haciendo memoría, antes de acudir al teatro el otro día, recordaba la esencia de la obra, que en mi cerebro, o en mi corazón, quedó claramente impregnada. Y, hay que ver cómo es el cerebro, recordaba que al inicio de cada capítulo había una cita bíblica; y recordaba algo curioso relacionado con los sentidos. Recordaba que Carmen Sotillo, la protagonista del monólogo, se refería a…, digamos a un hombre que la tenía atontadita con su olor a “tabaco rubio y Varón Dandy”. Y sí, la Carmen de Natalia Millán se refiere al tabaco, pero le quitó la marca, que yo creo que tenía su importancia.

Natalia Millán le ha echado un par de redaños al meterse a interpretar a Carmen Sotillo, ya que la identificación de este personaje con Lola Herrera es algo más que una evidencia. Lo cierto es que el personaje teatral fue una creación de la actriz. El propio Delibes aseguraba que ya sólo oía a Lola Herrera cuando pensaba en Carmen Sotillo. Aquella versión teatral de Cinco horas con Mario se estrenó en 1979. Recuerdo a mí madre completamente emocionada cuando llegó a casa, con mi padre, tras haber asistido a la función.

Y es que las emociones femeninas están absolutamente plasmadas en la obra, está latente la insatisfacción continua de la mujer de tal forma, que surge la complicidad del público femenino sea de la edad y condición que sea.

Cinco horas con Mario, además, hace un repasito a la gris y triste España de los años sesenta desde los ojos de una mujer cuarentona y de buen ver, povinciana, de clase media tirando a alta y absolutamente amputada por la Iglesia y el franquismo. Mario es su marido, acaba de morir y Carmen vela su cadáver en soledad. Era él un director de instituto con querencias intelectuales progresistas y ella..., ella no entendía nada. Y quizá él tampoco. Es su matrimonio la historia de una incomunicación absoluta. En todos los ordenes de la vida, desde el sexo a la sociedad, al día a día, a la política.

El drama está trufado de guindas humorísticas, casi humor negro, que sirve para mostrarnos la esperpéntica España que el franquismo fue desde que el pequeño general dio el golpe de Estado. Una España donde la hipocresía y el cinismo lo envolvían todo con su manto de sotana casposa.

Natalia Millán le ha echado dos redaños sí, que es imposible no referirse a Lola Herrera cuando se habla de Cinco horas con Mario. Pero le ha echado dos redaños porque llenar un escenario durante hora y media no es tarea sencilla si no se es excepcional actriz, y la Millán lo demuestra. Un monólogo de hora y media es un reto artístico, pero este texto, con sus idas y sus venidas, con sus recursos, con el dolor, con el humor, con el enfado y la incomprensión…, va más allá.

Al acabar la función aplaudí desde las entrañas a la Millán y a Delibes, que dio el visto bueno a la actriz antes de morir, esta actriz que por primera vez he visto sobre las tablas (no soy muy de musicales al uso) y me ha dejado pasmado (perdón por el pareado).

Me resulta imposible no poneros este video con aquella campaña de publicidad sesentera España, “Mantenga limpia España”:

martes, 20 de abril de 2010

La cinta blanca y la semilla del terror

Vale: es en blanco y negro, no tiene banda sonora, dura casi dos horas y media y hay que verla en alemán (con subtítulos, naturalmente, si se desconoce el idioma). El blanco y negro nos traslada mucho mejor a la Alemania rural de 1914; la ausencia de música (salvo algún canto del coro de niños) reproduce mejor esa atmósfera a veces bastante irrespirable, que a veces el silencio absoluto es un clamor; sus 144 minutos de metraje no sólo no son problema, sino que permite que degustemos las escenas con mayor tensión, igual que puede ocurrir con las novelas decimonónicas; y es mejor escuchar los diálogos en alemán, que un alemán enfadado, siempre es un alemán enfadado. Imposible doblar a un alemán enfadado.

Con todas estas características la película es genial. Hemos de tener en cuenta, eso sí, la honesta advertencia que nos hace el narrador en las primeras escenas: "Los extraños sucesos que venimos a contar nunca fueron resueltos". Y, personalmente, considero que no es lo fundamental desentrañar el quién hizo qué, sino las moralejas que se pueden extraer de un momento y un lugar que funcionaba entre Fuenteovejuna y la mafia siciliana, en la Alemania profunda, las semanas previas al inicio de la Primera Guerra Mundial.

Un momento y un lugar con dos pilares: la religión imperante y castradora (protestantismo) basada, como dice el pastor en "la rectitud y la virtud" y la injusticia social que genera el terrateniente en la figura del duque. O sea, la historia de Europa Occidental que hasta hace bien poco vivíamos en nuestro país, y de la que muchos flecos quedan.

La película está repleta de escenas llenas de fuerza, pero yo destacaría una. Esa en que la duquesa decide plantar cara a su marido, al terrateniente y su machismo. No aguanta más "la maldad, la envidia y la brutalidad" de los habitantes de ese pueblo, empezando por su amo y esposo. Y yo añadiría más características: la hipocresía, la mentira, la falsedad. Todas ellas serán semillas del nazismo, unidas a la humillación constante de los poderosos. La cinta blanca, de hecho, atada al brazo para recordar "la pureza" nos evoca el brazalete que los nazis colocaban a los judíos en los guetos y campos de concentración.

Una película importante, contundente explicación de cómo se alimenta el terror, de cómo se siembra en los cerebros desde la infancia. Y en eso, las religiones son expertas.

En vez de el trailer os pongo una de esas escenas en la que uno de los protagonistas poderosos nos pone el alma en vilo por nuestros pecados:




Por cierto, con algunos años de diferencia, pero en nuestro país, algunos momentos me llevaron a Los Santos Inocentes, aquella novela del que se fue sin Nobel, Miguel Delibes, que tuvo película con elenco de lujo. Aquí puedes recordar.