Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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viernes, 9 de julio de 2010

Un magistral cabezazo (IV)

Tras un eterno recorrido llegamos. Día de fiesta, de pasión desatada. Emilio se acercó:

- “Deplorable aspecto”, afirmó extremadamente sincero a modo de saludo.

- “No me encuentro muy bien. De hecho, me encuentro fatal”, contesté mientras buscábamos una grada para compartir.

El Muro me ofrecía pipas que yo rechazaba. El Muro me miraba de reojo mientras nuestros replicantes salían al terreno de juego como si fueran a disputar la final de la Copa del Mundo. No pude aguantar más, y en honor a esa vieja, eterna camaradería le conté:

- “Emilio. Esto se parece mucho a aquel partido. No puedo evitarlo. En la cara de mi hijo, en la cara de Manuel, en su cabeza, veo la cara, la cabeza de…”

-“¿De Toño?”, inquirió.

Y una treintena de años de silencio se derrumbaron en un instante. Nuestras miradas se clavaron. Sentí que sus ojos penetraban en mi mente y en mi corazón.

Un pitido señaló el inicio del partido. En ese instante evoqué el inicio del trágico final de Toño. En aquella ocasión los nervios me devoraban más que al resto. Estaba casi enloquecido. Quizá era mi última oportunidad para demostrar mi valía, no sé muy bien a quién, en un campo de fútbol. Toño no. Se le veía relajado y extremadamente seguro de sí mismo. Una actitud muy similar a la que en directo mantenía mi pequeño Manuel.

- “Aquello pasó. A todos nos afectó. Éramos unos chavales y el silencio y el tiempo deberían haber cicatrizado la herida. Hoy nuestro deber es disfrutar del partido con nuestros hijos. Nosotros desde la grada y ellos en el campo”, me decía Emilio, El Muro, mientras Manuel se acercaba peligrosamente al área contraria.

Los minutos transcurrían en una contienda que se desarrollaba con emoción según confirmaban los gritos y gestos del público, pero que mis ojos y mi mente se habían negado a digerir. Yo seguía en el otro encuentro, en el de hacía más de treinta años.

A escasos minutos del final: empate a uno. La tensión se desborda. El portero de nuestro equipo, del de Manuel, detiene un patadón impresionante. Asegura con las manos. Fija la vista en el horizonte. Dos jugadores están especialmente adelantados evitando el fuera de juego. Manuel es uno de ellos y… Hacia él se dirige un balón perfecto para el remate de cabeza. Segundos de silencio en el campo y las gradas.

Mi cerebro viaja del presente al pasado con angustia. El Muro, muy seguro, lanza el cuero hacia Toño y yo me acerco y él salta como un ángel por encima de todos, por encima del mundo y con un suave y preciso movimiento conecta un magistral cabezazo que se estrella en la portería contraria. Cae al suelo y yo, humillado y enloquecido por tanta perfección, le clavo una patada en la sien. Y otra. Mientras, todo el campo es un confuso clamor. Toño se duele de la cabeza y me mira desconcertado, pero la emoción del gol hace que aguante los últimos segundos hasta el final. Luego, una semana de intensos dolores de cabeza y la tragedia.

Manuel encaja un perfecto cabezazo, casi magistral. Logra el gol de la victoria y yo caigo al suelo sin sentido. Nunca. Nunca tendré la certeza de qué mató a Toño. Nunca tendré la certeza de si alguien vio la jugada completa.

jueves, 8 de julio de 2010

Un magistral cabezazo (III)

El fatídico día en que Toño realizó su magistral cabezazo, Emilio, El Muro, había abandonado su portería hasta más allá de medio campo porque buscábamos desesperadamente un gol que deshiciera el empate y nos diera la victoria. Éramos once futbolistas, once soldados invadiendo el campo enemigo. El Muro se encontró con el balón en sus pies, y con la calma y seguridad propia de un buen cancerbero, buscó al mejor rematador. En el área pequeña adversaria, Toño, y yo algo más adelantado de lo normal, rodeados de contrarios, solicitábamos el cuero esférico para incrustarlo en la red contraria. Sin duda, El Muro tomó la decisión más acertada para el equipo, pero la más funesta…

Durante el curso he coincidido con Emilio en muchas ocasiones a la salida del colegio de los chicos, pero hoy nos hemos encontrado en la final que disputa el equipo de nuestros hijos. Se jugaban ser campeones.

Mi noche ha sido toda de pesadillas: patadas, balonazos, sudor, gritos… Una y otra vez aquel equipo: El Muro bajo los palos; Germanosky y Manolín; Nando, Julián y Nacho; Mariano, Javi, Carlos; y Toño y yo los fusileros. En el banquillo, gritando, animando insultando al contrario, levantándose, sentándose, esperando su momento: David, Josema, Fernan, Chema y Paquito el utillero con sus aguas milagrosas. Don Vicente, serio, muy serio, indicando que “todos al ataque”. Y, a cada instante de la noche, noche de fantasmas, aquel cabezazo, ese gol único una y otra vez, y el frío de la muerte.

- “Que mal aspecto tienes”, me espetó Manuel según entrábamos en el coche camino del campo.

- “He dormido fatal. Creo que no me sentó nada bien la cena”, respondí intentando ocultar las causas verdaderas de mis profundas ojeras.

Y es que se parecía tanto aquel día, con mi hijo como protagonista, al ya lejano partido de mi infancia con Toño como centro de atención… Era imposible no hacer paralelismos, era como si la historia se repitiera y a mí me hubiera tocado el papel de secundario principal. Nada podía evitar que pensara en el espanto. Un sudor frío en las palmas de las manos y en las plantas de los pies casi me inmovilizaba mientras mi mente desarrollaba maquiavélicas estrategias para no llegar al encuentro. Una tenue voz interior me indicaba que no, que todo aquello era absurdo, que no pasaba nada. Que Manuel saldría al campo, jugaría como los miles de niños que juegan al fútbol y luego volveríamos a casa a celebrar el triunfo o a llorar la derrota.
(Mañana termina)

miércoles, 7 de julio de 2010

Un magistral cabezazo (II)

Esa nefasta jornada convive conmigo como una nebulosa. En aquel partido, en aquella jugada sé que yo estaba más adelantado de lo normal. Recuerdo la portería gritando al balón para que entrara. Recuerdo el magistral cabezazo de Toño y recuerdo que a pesar del dolor no se retiró hasta el pitido final.

A los dos años, nadie sabía nada de la familia y la vida continuó, aunque para mí sin fútbol, incluso sin deportes de equipo. El tiempo pasaba con tranquilidad, con alegrías. El silencio sobre Toño se apoderó de todos nosotros, casi a modo de una extraña omertà. De los juegos infantiles pasamos a los juegos de adolescencia, y de éstos a las preocupaciones adultas. La relación de amigos de infancia y adolescencia se fue diluyendo, hasta prácticamente desaparecer.

En distintos momentos de mi vida, el magistral cabezazo de Toño me ha asaltado y la frialdad de la muerte en su rostro, también. Y esta mañana, más que nunca…

Hace algo más de un par de lustros que me casé. Al año y pico nació Manuel, y a los tres años y pico Lucía. A pesar de algunos fallidos intentos familiares, Manuel es Manuel. No es Lolín, ni Lolo, ni siquiera Manolo. Manuel empezó a tontear con pelotas en la guardería, como todos los críos de su edad. Y aunque yo jamás le he comprado un balón, gracias a mi suegro ahora posee cerca de un millar, la mitad de reglamento. Manuel juega al fútbol constantemente y, naturalmente, en el equipo del cole. Aunque siempre he intentado que las actividades extraescolares las encaminara a otros deportes, Manuel necesita el fútbol. Adora jugar al fútbol. Y yo, odio el fútbol y odio esos balones que inundan la casa y esos pelotazos secos del balón en contacto con el suelo, con las botas, con las cabezas…

La casualidad, o vaya usted a saber si el destino, ha querido que en el mismo equipo de Manuel juegue Víctor, hijo de Emilio, antiguo compañero de infancia. Después de veinte años coincidimos en el patio del colegio con nuestros vástagos. Abrazos, risas, recuerdos y el histórico cómplice silencio sobre aquellos partidos de fútbol. Y después de veinte años, Emilio mantiene esa esencia de buena persona en la mirada, una mirada que los cristales de la miopía hacen pequeña pero profunda. A Emilio siempre le rebosaron algo las carnes, y ahora, en la cuarentena, un poco más. Emilio era “El Muro”, el mejor portero de nuestro equipo.
(Mañana continúa)

martes, 6 de julio de 2010

Un magistral cabezazo (I)

Aún retengo aquel olor a tiza, aquel olor a pan con chocolate, aquel olor a nervios de viernes por la tarde con la campana a punto de inaugurar el fin de semana. Viernes de invierno en los que quizá acabábamos en casa de Toño, o en la mía, o en la de otro. Casas de interminables pasillos oscuros que milagrosamente se convertían en alegres y ruidosos campos de fútbol. Entonces, no hace tanto, las casas de las ciudades tenían pasillos y niños.

Aquellas tardes de viernes eran preludio de partidos matinales en el parque o, cuando había suerte, en el campo municipal. Campeonatos de colegio, campeonatos de barrio… Siempre la competición.

Y de entre todos, quien sin duda destacaba era Toño. A punto de los doce años, Toño era de tez blanca. Sus mejillas estaban salpicadas de pecas de todas formas y tamaños. Su pelo liso se agitaba en la carrera y siempre, siempre jugaba al fútbol. Jugaba con una pelota de papel, con un borrador, con una chapa, con una esponja. Jugaba en el aula, en los pasillos del colegio, por las escaleras, en el patio. Jugaba por la acera de la calle.

La tez blanca de Toño nunca conoció barba. Toño vivía para el fútbol y casi seguro el fútbol se lo llevó. La de la guadaña, disfrazada de balón de reglamento, nos lo arrebató tras un magistral cabezazo. Intensos dolores de cabeza y en menos de una semana la tragedia lo invadió todo. Su risa se transformó en una boca rígida color de cera. Sus sonoros y alegres gritos agudos se convirtieron en aterrador silencio. Su calor se apagó. Su brillante mirada se cerró, aunque siempre recordaré ese párpado derecho entreabierto, como si quisiera mirar y volver a la vida. Su piel blanca, ahora era mortecina y su cabello liso lo escondía un paño. Su agilidad era ahora quietud extrema. La muerte duele más cuando tiene rostro de niño a pesar de que ofrezca una faz tranquila, apacible, inocente. Aunque la memoria es traicionera, quizá para nosotros, sus amigos de infancia, era algo más incomprensible que triste.

Las leyes de la naturaleza se habían invertido: ver morir a un hijo puede trastornar la mente más lúcida. Su madre se convirtió en una demacrada sombra que intentaba sobrevivir y sacar adelante a la otra hija, María, la hermana pequeña de Toño. El padre, don Antonio, se encerró en su casa. A los dos años se trasladaron de ciudad porque no soportaban ver a los amigos de su hijo, ni convivir en los lugares por los que día tras día Toño iba creciendo con normalidad, con alegría, hasta que aquel balón asesino le golpeó la sien. ¿O fue la sien la que golpeó en un magistral cabezazo aquel balón?
(Mañana continúa)