
(En la foto primera, arriba, mi padre en 1950. En la siguiente, me tiene en brazos en el verano de 1966. En la tercera, en el Parque Sur más o menos en el 69. Abajo, en color, hace cosa de un año, cuando ya se metía unas 15 pastillas diarias por prescripción médica, que no para ir a una macrofiesta.)
Un 2011 que está inmerso en plena crisis económica. Y es que, volviendo a mi padre, el destino (empujado por él mismo) ha querido que naciera en octubre de 1929 y se muriera en el fin de 2010, como en el juego de la oca: “de crisis a crisis y tiro porque me toca”.
Cuando los estudiantes de medicina se enfrenten al cadaver de mi padre se encontrarán con un cuerpo que fue de niño en la guerra y de adolescente en la posguerra. De niño de bando perdedor.
Los magníficos cuadros médicos de nuestra posguerra decidieron que le iban a inutilizar un pulmón (tiene nombre técnico pero no me acuerdo), con lo que, sin motivo según explicaron después, le jodieron buena parte de su vida. Con este antecedente, años más tarde, le diagnosticaron gases donde había una apendicitis que fue creciendo hasta reventar en peritonitis. Una peritonitis que le llevó a una muerte clínica, de la que volvió, y de lo que se regodeaba contando la historia de la luz al final del túnel. En aquellos tiempos la sangre no se donaba, sino que se vendía y no en buenas condiciones, lo que hizo que el hombre, que le habían metido litros de plasma ajeno, pillara una escarlatina a los cuarenta y tantos. A pesar de todo ello siempre se levantaba. Tanto es así que no ha permitido morirse en silla de ruedas, ni siquiera con bastón.

Era mi padre gran paseador de Madrid. Y siendo yo pequeño me llevaba de allá para acá. De esos días tengo algunas máximas: “Si te acuestas con una chica ten cuidado de no dejarla embarazada” (dicho esto sin más pistas me dejó un tanto descolocado); “cuando andes por las calles de Madrid mira para arriba verás que fachadas más bonitas” (yo lo tomé como algo profundo, con el sentido de mirar desde distintas perspectivas, pero creo que el me lo dijo en sentido literal); “el ajo es bueno para la salud” (pues eso): “el limón es bueno para la salud” (lo mismo); “afiliate a Comisiones Obreras si quieres, pero no te líes con los partidos políticos” (no comment). Un día vino del banco (era bancario) y me dio unos papeles para ingresar como botones. La máxima fue concreta: “o estudias o lo rellenas”. Estudié, más o menos, que lo de bancario no va mucho conmigo. Ni con él, pero no le quedó otra.
Era mi padre hijo de abogado y bibliotecaria. El abogado murió en 1934 y tiene larga historia aparte. La bibliotecaria, de Izquierda Republicana y UGT se quedó en la posguerra madrileña con cuatro hijos, sin casa, sin nada de nada. Es decir, como tantas familias de la época tenían un problema: sobrevivir. En estas circunstancias, para mi padre el paraíso estaba en la Unión Soviética. En el fondo le habría gustado ser uno de los niños de la guerra que embarcaron para Rusia. Pensaba que de haber sido así podría haber estudiado una carrera, que él se veía como un astrónomo que en sus ratos libres podría haber tocado el violín o el piano. Lo último que escuchó en su reproductor de CD lo puedes oír pinchando aquí.
Así que se hizo con una biblioteca relativamente amplia y heterodoxa. Desde 1947 recibía la revista El Correo de la UNESCO, previo paso por la censura. Luego se hizo asiduo de la Librería Rubiños (hoy la Casa del Libro de Goya), donde se vendían revistas y libros de la Unión Soviética. Cada mes llegaba a casa el Sputnik, trasunto sovietico del Readest Digest; Novedades de Moscú; Cine en la URSS y etcétera. Luego se desintegró la Unión Soviética y lo llevó mal. Eso sí, el pasado 17 de diciembre, mientras me contaba en un box de urgencias lo de morirse el 24, recordaba que la culpa de esta crisis era del “gran capital”, que los gobiernos no pintaban nada, y que algo había que hacer. Estaba convencido de que si hubiera habido Unión Soviética, en occidente no se habrían atrevido a tocar el estado de bienestar. En fin, teorías de un octogenario…
La última década la pasó en una residencia, con lo que su marcha ha sido bastante machadiana. En sus estantes convivían El milagro de la melatonina; De qué hablan los animales; Las abejas, farmaceúticas aladas; El ajo; una biografía de Ghandi, otra de Luter King, otra de Ramón y Cajal; cosas de templarios como el relato de Francisco Javier López, que yo creo que no relacionó con el secretario general de CCOO de Madrid y no tengo ni idea de cómo llegó a sus manos. En su interior una fotocopia, “guía del monasterio de Sant Joan de les abadesses”.

Podría contar las últimas horas de mi padre. Cómo en un momento buscaba mi mano de forma similar a como hacía yo con la suya cuando me iba a buscar al cole. O cuando íbamos por el parque y le impedía leer el periódico (El Pueblo, Informaciones, Ya, El País, dependiendo de la época. El ABC no entró nunca, no sé por qué). Podía contar cómo me decía que estaba cansado de la agonía, que quería acabar. Pero no voy a aburrir con más palabras. Bueno, voy a transcribir una cuartilla, o una parte, que he encontrado escrita por mi madre titulada

arrastrábamos mochilas
llenas muy llenas
de misterios y fantasmas.
Pesada carga la nuestra
hambres, fríos, muertes de nuestros seres queridos.
Miedos
colas
bombardeos
granadas
muertes
incendios.
Éramos niños de guerra
similares en desgracias
Ha terminado la guerra,
la posguerra nos remacha.
(…)
La asignatura pendiente,
la ignorancia concentrada.
Pero estos niños de guerra,
sabemos sufrir de veras
pudiendo salir airosos
de todos los contenciosos.
(…)
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En fin, uno de mis temas favoritos es A mi manera, que bien se le podría aplicar. en parte, a mi padre. Ahí va:
P.D. Otra máxima de mi padre era "el mejor jabón, el de Lagarto". Vale. Era un tipo peculiar.