Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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lunes, 3 de enero de 2011

En la muerte de Alfonso Roldán, o sea, mi padre


El 21 de diciembre del año 2000 empezó a morirse mi madre. Iba en Metro y un derrame cerebral se la llevó por delante el día de Nochebuena. Diez años después, o sea, el otro día, el 21 de diciembre de 2010 empezó a morirse mi padre.
Según me contaba el 17 de diciembre, le habría hecho ilusión irse también el día 24, pero la de la guadaña se adelantó en unas pocas horas y en el anochecer del 23 le cerré los ojos, que estaba ya cansado de andar entre los vivos. Había hecho testamento vital para evitarse tubos, sondas nasogástricas y prórrogas absurdas. Además, dejó claro que su cuerpo fuera utilizado para que los estudiantes de medicina investigaran. Es decir, murió y su cuerpo fue trasladado sin festejos mortuorios, tal como era su voluntad. En el cajón de su mesilla, en un sobre accesible, con mayúsculas esribió que no quería recordatorios y que cuando se mueriera avisáramos a la familia “por el que dirán”. Para no dejarnos sin fiesta escribió que con los ahorros, nos diéramos una comida (su descendencia y aledaños, a ver si ahora se va a apuntar todo el mundo) y si no llegaba, que pagáramos “a escote”. Sólo nos falta por cumplir esa parte, que tenemos que ajustar agendas, que siempre falta alguien.
Este lío ha sido el motivo principal de que no haya podido responder a felicitaciones de fiestas y de año nuevo como me hubiera gustado. Espero que esta entrada sirva de explicación. Y como no es un obituario “estrictu sensu”, aprovecho para disculparme por mi desaparición de estos días y para desearos un 2011 muy especial. En positivo.

(En la foto primera, arriba, mi padre en 1950. En la siguiente, me tiene en brazos en el verano de 1966. En la tercera, en el Parque Sur más o menos en el 69. Abajo, en color, hace cosa de un año, cuando ya se metía unas 15 pastillas diarias por prescripción médica, que no para ir a una macrofiesta.)

Un 2011 que está inmerso en plena crisis económica. Y es que, volviendo a mi padre, el destino (empujado por él mismo) ha querido que naciera en octubre de 1929 y se muriera en el fin de 2010, como en el juego de la oca: “de crisis a crisis y tiro porque me toca”.

Cuando los estudiantes de medicina se enfrenten al cadaver de mi padre se encontrarán con un cuerpo que fue de niño en la guerra y de adolescente en la posguerra. De niño de bando perdedor.

Los magníficos cuadros médicos de nuestra posguerra decidieron que le iban a inutilizar un pulmón (tiene nombre técnico pero no me acuerdo), con lo que, sin motivo según explicaron después, le jodieron buena parte de su vida. Con este antecedente, años más tarde, le diagnosticaron gases donde había una apendicitis que fue creciendo hasta reventar en peritonitis. Una peritonitis que le llevó a una muerte clínica, de la que volvió, y de lo que se regodeaba contando la historia de la luz al final del túnel. En aquellos tiempos la sangre no se donaba, sino que se vendía y no en buenas condiciones, lo que hizo que el hombre, que le habían metido litros de plasma ajeno, pillara una escarlatina a los cuarenta y tantos. A pesar de todo ello siempre se levantaba. Tanto es así que no ha permitido morirse en silla de ruedas, ni siquiera con bastón.


Era mi padre gran paseador de Madrid. Y siendo yo pequeño me llevaba de allá para acá. De esos días tengo algunas máximas: “Si te acuestas con una chica ten cuidado de no dejarla embarazada” (dicho esto sin más pistas me dejó un tanto descolocado); “cuando andes por las calles de Madrid mira para arriba verás que fachadas más bonitas” (yo lo tomé como algo profundo, con el sentido de mirar desde distintas perspectivas, pero creo que el me lo dijo en sentido literal); “el ajo es bueno para la salud” (pues eso): “el limón es bueno para la salud” (lo mismo); “afiliate a Comisiones Obreras si quieres, pero no te líes con los partidos políticos” (no comment). Un día vino del banco (era bancario) y me dio unos papeles para ingresar como botones. La máxima fue concreta: “o estudias o lo rellenas”. Estudié, más o menos, que lo de bancario no va mucho conmigo. Ni con él, pero no le quedó otra.

Era mi padre hijo de abogado y bibliotecaria. El abogado murió en 1934 y tiene larga historia aparte. La bibliotecaria, de Izquierda Republicana y UGT se quedó en la posguerra madrileña con cuatro hijos, sin casa, sin nada de nada. Es decir, como tantas familias de la época tenían un problema: sobrevivir. En estas circunstancias, para mi padre el paraíso estaba en la Unión Soviética. En el fondo le habría gustado ser uno de los niños de la guerra que embarcaron para Rusia. Pensaba que de haber sido así podría haber estudiado una carrera, que él se veía como un astrónomo que en sus ratos libres podría haber tocado el violín o el piano. Lo último que escuchó en su reproductor de CD lo puedes oír pinchando aquí.

Así que se hizo con una biblioteca relativamente amplia y heterodoxa. Desde 1947 recibía la revista El Correo de la UNESCO, previo paso por la censura. Luego se hizo asiduo de la Librería Rubiños (hoy la Casa del Libro de Goya), donde se vendían revistas y libros de la Unión Soviética. Cada mes llegaba a casa el Sputnik, trasunto sovietico del Readest Digest; Novedades de Moscú; Cine en la URSS y etcétera. Luego se desintegró la Unión Soviética y lo llevó mal. Eso sí, el pasado 17 de diciembre, mientras me contaba en un box de urgencias lo de morirse el 24, recordaba que la culpa de esta crisis era del “gran capital”, que los gobiernos no pintaban nada, y que algo había que hacer. Estaba convencido de que si hubiera habido Unión Soviética, en occidente no se habrían atrevido a tocar el estado de bienestar. En fin, teorías de un octogenario…

La última década la pasó en una residencia, con lo que su marcha ha sido bastante machadiana. En sus estantes convivían El milagro de la melatonina; De qué hablan los animales; Las abejas, farmaceúticas aladas; El ajo; una biografía de Ghandi, otra de Luter King, otra de Ramón y Cajal; cosas de templarios como el relato de Francisco Javier López, que yo creo que no relacionó con el secretario general de CCOO de Madrid y no tengo ni idea de cómo llegó a sus manos. En su interior una fotocopia, “guía del monasterio de Sant Joan de les abadesses”.


Podría contar las últimas horas de mi padre. Cómo en un momento buscaba mi mano de forma similar a como hacía yo con la suya cuando me iba a buscar al cole. O cuando íbamos por el parque y le impedía leer el periódico (El Pueblo, Informaciones, Ya, El País, dependiendo de la época. El ABC no entró nunca, no sé por qué). Podía contar cómo me decía que estaba cansado de la agonía, que quería acabar. Pero no voy a aburrir con más palabras. Bueno, voy a transcribir una cuartilla, o una parte, que he encontrado escrita por mi madre titulada
Reportaje de nosotros a mi querido esposo”:

Éramos niños de guerra,
arrastrábamos mochilas
llenas muy llenas
de misterios y fantasmas.
Pesada carga la nuestra
hambres, fríos, muertes de nuestros seres queridos.

Miedos
colas
bombardeos
granadas
muertes
incendios.
Éramos niños de guerra
similares en desgracias


Ha terminado la guerra,
la posguerra nos remacha.

(…)

La asignatura pendiente,
la ignorancia concentrada.
Pero estos niños de guerra,
sabemos sufrir de veras
pudiendo salir airosos
de todos los contenciosos.

(…)


--
En fin, uno de mis temas favoritos es A mi manera, que bien se le podría aplicar. en parte, a mi padre. Ahí va:


< />


P.D. Otra máxima de mi padre era "el mejor jabón, el de Lagarto". Vale. Era un tipo peculiar.


jueves, 12 de agosto de 2010

Haruki Murakami, correr, cambios, perseverancia, belleza, otoño…

Lo bueno que tiene no poseer acceso a Internet es que el tiempo cunde más para menesteres como, por ejemplo, la lectura de libros de papel. Llevaba unos meses viendo en los expositores el libro de Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr. Cuando se lo vi a mi amiga Virginia G. le eché un vistazo algo más profundo y corrí a comprarlo, que no andaba yo para esperar a que terminara de leerlo. Además sabía que era un libro que iba a subrayar, anotar y pintarrajear especialmente.

Murakami novelista es un tipo que tiene muchos detractores y muchos seguidores. Si seguís mi blog sabréis que me encuentro entre los segundos. Este libro del autor japonés no es una novela, que lo mismo a algún detractor hasta le gusta. El propio Murakami explica que se trata de una especie de “memorias” y, en mi opinión, es una gran metáfora de lo que es la vida, de lo que es perseverar para alcanzar sueños u objetivos, que vienen a ser lo mismo. Cierto que yo en su día corría y corrí algún maratón, por lo que me he sentido identificado plenamente en multitud de párrafos.

Del libro de se pueden extraer multitud de máximas, aunque la única que realmente lo es en sentido estricto es la frase que nos cuenta en la página 11: Pain is inevitable. Suffering is optional, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional, depende de uno. Es la frase que repetía insistentemente un corredor, que había aprendido de su hermano, también corredor. Y es que, la dureza es un hecho inevitable, pero poder o no poder, queda al arbitrio del interesado.

Aunque no sea su intención, el libro de Murakami anima a emprender cambios como él hizo con su vida cuando decidió dejar su negocio y dedicarse a ser novelista. Sobre los cambios reconoce que “hagas lo que hagas no toleran cambios”, entonces, lo único que podemos hacer es “transformarnos nosotros mismos mediante perseverantes repeticiones e ir incorporando esos prcesos hasta que formen parte de nuestra personalidad”.

También se detiene a reflexionar sobre la educación, sobre la enseñanza, sobre las cosas importantes: “Así es la escuela, lo más importante que aprendemos en ella es que las cosas más importantes no sepueden aprender allí” (pag.65). Pero Murakami también nos cuenta su opinión sobre la belleza (“No existe en ninguna parte del mundo real nada tan bello como las fantasías que alberga quien ha perdido la cordura”, pag. 90); sobre el envejecimiento; sobre la muerte; sobre la necesidad de visualizar; sobre la importancia de tener un plan B…

Y todo ello en un libro que versa sobre un tipo para quien correr “es vital” y que corre al menos un maratón al año. Es decir, que echa un buen rato corriendo, pero, ¿en qué piensa mientras corre?, “tal vez piense en los ríos. Tal vez piense en las nubes. Pero, en sustancia, no pienso en nada. Simplemente sigo corriendo en medio de ese silencio que añoraba, en medio de ese coqueto y artesanal vacío”. (pag. 40). Y correr es como la vida, con pendientes más suaves, otras más duras. Incluso la misma pendiente puede parecernos dura o suave dependiendo del momento.

Y a pesar de no ser una novela Murakami es fiel a sí mismo y a su devoción por el Gran Gatsby. Y a su devoción por la música. Por Neil Young, Eric Clapton, los Rolling o Loving' Spoonful. Vuelve a poner música en los textos. Cuando corre escucha a Carla Thomas y Otis Redding, por ejemplo. Y cuando vuelve a Nueva York a correr su maratón siempre se acuerda de este tema que os pongo aquí debajo. Seguro que también me acompaña amí cuando, en septiembre, en el otoño madrileño, me compre unas zapatillas y recomience a correr, despacio, hasta donde permitan mis rodillas, fundamentalmente la derecha.
Ahí va. Con la voz del gran Sinatra:


miércoles, 3 de marzo de 2010

200 años de Chopin, canción inolvidable



Hoy lo he hecho al revés. He empezado con un video. Gracias a este año y pico de blog he descubierto la importancia del cine o, mejor, la importancia de las películas vistas desde la infancia. El otro día, el lunes, 1 escuchaba en Radio Nacional que se conmemoraba el 200 aniversario del nacimiento de Federico Chopin, el más grande compositor polaco y, seguramente, el más importante pianista. Pensé escribir algo sobre el asunto, pero lo paré porque veía que me salía una cosa demasiado empalagosa y romántica. Luego vi que, en face book, el bueno de Antonio Garcia Cordero recordaba el cumpleaños de Chopin. “Mal de muchos, consuelo de tontos” y os cuento unas líneas sobre lo que me evoca Chopin. Nada erudito, por cierto.

Mi primer recuerdo de Chopin es un libro de hojas amarillentas de mi padre que ahora se encuentra en una caja de mudanza, el libro, no mi padre. Pero esa es otra historia. El libro pertenecía a una colección de biografías de músicos y yo lo veía por los estantes. Me resultaba sonoro lo de “Chopin”. Me sonaba a “chirla” y a “Charlot con bombín” a “cacho y ping-pong”.

Una tarde de sábado. Perdón, una de esas infantiles y magníficas tardes de sábado con película en la tele después de Heidi, me encontré con la vida de Chopin, que resulta que no sonaba ni a “chirla”, ni a “Charlot con bombín”, ni a “cacho”, ni a “ping-pong”. Sonaba más a mosca, como a “Sshopén”.

Me impactaron muchas escenas. Igual que hoy me ha impactado, gracias a youtube, ver que la peli era en color. Lo que era en blanco y negro era el televisor que emitió aquel sábado Canción inolvidable (A song to remember). Recuerdo escenas en habitaciones recargadas de tapices y alfombras. Recuerdo una música que me cautivó y un escupitinajo sanguinolento (más negro que rojo, por aquello de la tele) sobre las teclas del piano por culpa de la tuberculosis de Chopin.

Poco después vino el veraneo familiar a Mallorca: la primera vez que subía en un avión y visita al lugar donde se hospedaron un invierno Chopin y su amada, la novelista y feminista George Sand. En Valldemossa.

Y es que Chopin se enamoraba con frecuencia. A los 16 años estaba perdidito por Constanza una estudiante de canto. Luego, en una visita a Alemania se enamoró perdidamente de la hermana de un amigo. Ahora la de los 16 era la chica y su madre se negó a la boda. Chopín se quedó destrozado. Luego, hasta las cachas por la mencionada George Sand, que tenía un hijo que no soportaba a nuestro pianista. En realidad fue su relación más profunda. En 1847, la novelista le da calabazas por medio de una carta y cae en una depresión de la que no levantó cabeza. A pesar de ello y su débil salud tuvo tiempo de tener una relación con una discípula: Jane Stirling, que le llevó de gira por Inglaterra, aunque la muerte andaba cercana y pudo con él un 17 de octubre de 1849, con 39 años.

Chopin era un romántico en el amor a las mujeres y en el amor a su patria, a Polonia, que invadida en 1830 por los rusos, cambió e inspiró la vida del compositor. Y emocionó a quienes escuchamos sus polonesas. La Gran polonesa, por ejemplo.

Chopin quiso que en el funeral de su muerte sonara el Réquiem de Mozart. A veces pienso si quedaría bonito que cuando yo palme suene la Marcha fúnebre de Chopin o el My way de Sinatra, aunque sin funeral. Lo iremos viendo. Pero dejo dos ideas porsi.

Sí tengo claro que aquella peli que decía al principio me metió en el alma música como esta Polonesa heróica, una Canción inolvidable: