Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero

viernes, 17 de noviembre de 2017

De viaje por Barcelona con Sandino

He aprovechado estas jornadas de actualidad monotemática para irme de viaje literario a Barcelona con Sandino, el personaje de la última novela de Carlos Zanón, Taxi. Sandino es un taxista barcelonés entre triste y depresivo, “extraño y atractivo, infantil, mujeriego, nocturno, gatuno. Vete a saber”, tal como su propia voz interna le autodefine. 

Sandino es un viajero de Barcelona, un Homero que vive su propia Odisea en esa ciudad con alma de metrópoli, variopinta como cualquier capital occidental. Esa ciudad que, de forma similar a  mi Madrid, nos hace seres tan anónimos, como libres y, paradójicamente, solitarios.

Sandino es taxista por las circunstancias y, no por ello, dejará de lado el refugio que suponen el cine, los libros, la música… Títulos, temas a los que nos invita a ir y vamos porque nos puede la curiosidad. De hecho, el viaje que es la novela, también lo es a través de la banda punk The Clash

Taxi tiene alma de novela negra y nuestro protagonista huele a duro/blando, a rol de taxista cosmopolita, a Casanova interclasista y a personaje del Marqués de Sade en un mundo sórdido, interconectado a través del móvil y espléndidamente narrado por Zanón, en el que no faltan pinceladas de humor negro, de humor agrio, de tragicomedia. 

Una novela negra que, tras la muerte de la narrativa social, es la única barricada que nos acerca a la realidad de los Nadie, esos Nadie de Galeano que nos evoca Javier López con su poesía y sus relatos y que Zanón, con Taxi, menciona como poseedores de la nada:

“Esa nada de las chachas embarazadas saliendo de las casas señoriales al punto del alba, o las cocineras o los jardineros acusados de haber robado dinero o cucarachas, relojes o simplemente comida. La misma nada de los que han ido a la guerra a morir por banderas que nunca fueron suyas. Los que han sido acusados de haber matado al hermano bueno, al pastor, al pacífico, al rico, al que piensa en todos y nunca se deja llevar por la ira. 
Esa nada de los sin nada, de los Nadie”.

Esos nadie que Sandino se encuentra en la noche barcelonesa. Clientes que suben y bajan del taxi, esa familia, esos amigos y enemigos en un mundo de traiciones y lealtades. Un mundo, un viaje de seis días y siete noches que no concluye porque Sandino es un viajero, un aventurero urbano siempre pendiente de su Ítaca.

Es todo eso o, simplemente, el barcelonauta de la novela juvenil de Pep Albanell se ha hecho mayor.


Gracias, eso sí, a Puy que me regaló recientemente el libro. Y gracias también a Zanón que me ha animado a desempolvar esta vida desde el lago, algo desganada en estos malos tiempos para la lírica.

Y si queréis acompañar este texto con música... aquí va mi recomendación.



martes, 27 de junio de 2017

Felipe Serrano y su “Flor del magnolio”

Por el centro de Madrid, pillado por @frlorente . Fran Lorente.
Oímos cada día sus crónicas sobre la capital en la Cadena Ser, medio al que lleva vinculado desde hace 23 años. Es un tipo tan metódico como trabajador; tan prudente como observador. En 2010 fue galardonado con el Premio Pilar Blanco de Comunicación de CCOO de Madrid. Además ostenta la Antena de Plata de Radio y el Premio Asociación de la Prensa de Madrid 2013 al periodista especializado en Madrid.  Tras leer su novela, di con él. Incluso hicimos una presentación…

Tras publicar El tamayazo. Historia de una traición, aseguraste solemnemente que no habría segunda parte, pero la situación del PP de Madrid parece que la pide a gritos…
Una vez que no prosperó judicialmente y los actores principales ni siquiera juegan un papel en la actualidad es complicado dar vida a esa historia. Una confesión es lo único que podría dar vida al caso. ¿Por qué es importante ahora el tamayazo? Porque aquel golpe lo cambió todo. Los beneficiarios de aquella trama son los que han estado gobernando en las instituciones madrileñas. Sin el tamayazo, hoy no habría Gürtel, Púnica, Lezo…  Por tanto, en el tamayazo está el pecado original del PP de Madrid. Nunca se dilucidaron las responsabilidades pero ahora el tiempo ha colocado a cada uno en su sitio: a Esperanza Aguirre fuera de la política y a Francisco Granados e Ignacio González en la cárcel.

Primero en la Asamblea de Madrid y después en el Ayuntamiento has seguido muy de cerca la trayectoria de Esperanza Aguirre. ¿Piensa que Aguirre tiene responsabilidades?
Es imposible que no supiera nada, la corrupción deja huellas y ella lo controlaba todo con mano de hierro. Necesariamente tenía que saber algo.

Nada más poner el punto y final a ese gran reportaje de investigación se adentra por primera vez en la novela con La flor del Magnolio que acaba de publicar. Una novela con muchos elementos de la novela negra…
Yo no la considero una novela negra, primero, porque ese género me merece mucho respeto y no soy experto en él. En realidad…, soy daltónico para los géneros literarios. Creo que se trata de literatura con sentimientos en la que también tiene un papel relevante el amor.

El grueso de la historia transcurre en durante la Transición española, que ahora está siendo revisada por quienes no la vivieron. ¿Qué opina de la llamada Transición?
Sin duda es una época esencial de la democracia en España. Sí considero que tiene contradicciones. Por una parte, fue un banco de pruebas de la política de mesa camilla que ha tenido efectos perversos posteriormente. Por otra parte, frente a la ruptura radical, la Transición funcionó muy bien, incluso de forma envidiable. Aquel proceso evitó el enfrentamiento fratricida, por lo que este país tiene una deuda con los partidos políticos de izquierdas y los sindicatos, que mostraron una gran altura de miras.

La novela social prácticamente ha muerto. En La flor del magnolio, aparte de una forma bastante clásica tanto en retratos psicológicos de personajes como en descripción de lugares y situaciones sí se atisba un corazón de novela social.
En estos tiempos, el refugio de la novela social está siendo la novela negra y a pesar de mi daltonismo sobre los géneros sí hay una descripción crítica de la sociedad en La flor del Magnolio. Hay terratenientes, burguesía tardofranquista; hay delincuentes de alto nivel y drogadictos; centro de Madrid y San Blas con lo que se llamaba Guarrerías Preciados.  Hay violencia machista sufrida por mujeres con recursos económicos y en su expresión más trágica: la prostitución. De hecho, es una novela en la que los personajes femeninos son muy potentes. Con hombres malvados y mujeres víctimas. Además, nada de lo que sucede en el relato es ajeno a la actualidad de aquellos días.

Con la lectura del libro es inevitable no recordar el Caso El Nani, calificado como “el primer desaparecido de la democracia”…
El caso es que inicialmente la idea que manejaba era profundizar más en la trama de corrupción policial, pero el grado de documentación era excesivo y las malas artes de algún mando policial tenía mucha fuerza, pero podía quitarle potencia a la idea nuclear.

Mencionaba antes que se trata de una historia de sentimientos. Es evidente que aparece un amor obsesivo.
Posiblemente lo sea, pero la novela la escriben los personajes y son ellos los responsables de sus actos con independencia del autor. Los personajes escriben su propio rumbo. Aunque las descripciones son del autor, he aprendido que los personajes tienen vida propia y son ellos los que deciden por dónde hay que ir. Si hay algo que no es de agrado del lector, soy inimputable.

Pero sí está claro que la historia rezuma experiencias personales como antiguo camarero del Ritz, periodista con amplia experiencia, amante de Madrid…
La ficción se basa en la experiencia y lo que se lleva en la mochila de la vida termina apareciendo. Lo que no sabía es que en la novela había tanto de mí; hostelería, periodismo, La Mancha, ese Madrid tan bucólico… Si en vez de periodista fuera médico, seguro que aparecerían quirófanos en la novela.

Pillada de @frlorente, comentando algún momento de la novela. Claro.
ALAZÁN, CLUB DE ALTERNE



“Madrid. Amberes. Un club de alterne. Un cadáver emparedado. Una piedra preciosa maldita. Un amor a destiempo…” La historia que nos relata Serrano tiene una protagonista que nos persigue durante todo el relato: la sala de fiestas Alazán , “un refinado cabaré donde acudía mucha gente de postín”. Cerró por un incendio en 1976 y fue reabierto como club de alterne, además de ser tapadera de otros oscuros negocios. Felipe Serrano nos sorprende con una elocuente novela, su primera incursión en la ficción pero su tercer libro después de Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid, donde rinde homenaje al hotel en el que trabajó como camarero en su juventud. En 2013 publicó un intenso libro que hoy cobra actualidad, El tamayazo. Crónica de una traición. La flor del magnolio está coeditada con la Editorial Ákaba, bajo la batuta de Lorenzo Silva y Noemi Trujillo.

miércoles, 14 de junio de 2017

“La flor del Magnolio”, de Felipe Serrano

En un plis plas devoré La flor del magnolio. Una novela de Felipe Serrano indispensable en la maleta del próximo verano. Evidentemente tiene alma de novela negra, esa novela en la que se refugian tantas historias de contenido social. Pero también tiene el espíritu costumbrista  de ese Madrid que tan bien conoce el autor, no en vano periodista de la Ser, especializado en información local y que ya  nos sorprendió hace unos años con el magnífico libro Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid. Poco después, en 2013, se despachó con un gran reportaje que ha cobrado actualidad, El tamayazo. Crónica de una traición.

Pero ahora hablamos de una novela trepidante en la que los libros anteriores tienen cierta relación: Madrid como escenario y corruptelas… Por La flor del magnolio desfila un buen número de personajes perfectamente tratados en aquellos tiempos de tardofranquismo y Transición. Llama la atención el rechazo que nos pueden producir buena parte de esos personajes masculinos, frente a los femeninos.

Porque también es una historia de mujeres en la que se retrata la violencia contra la mujer. Violencia física y psicológica. Violencia contra mujeres humildes y mujeres burguesas; violencia histórica con la prostitución como protagonista.

La historia, que también lo es de secretos familiares inconfesables,  arranca con la aparición de un cadáver emparedado en lo que un día fue la sala de fiestas, “de postín”, Alazán. Una sala que sufrió un terrible incendio en 1976…

Caciques, jornaleros, polis buenos y malos, periodistas, mafiosos, mafiosetes, anticuarios, matones, prostitutas, maleantes, forenses, niños malcriados… van creando una historia de ficción, con fondo histórico verídico, que transcurre en Herencia (Ciudad Real), Madrid y Amberes.

A estas alturas del texto creo que no he destripado nada, pero no puedo dejar de mencionar cómo el asunto evoluciona en un “amor a destiempo”, un amor desbordado, obsesivo, “la locura, al fin, cuando se supo atrapado en un sentimiento que no podía ni quería escapar”.


Prometo buscar al autor para desmenuzar un poco esta historia.


Eso sí. El jueves 15 de junio a las 19:00 horas podemos poner cara a la voz de Felipe Serrano en la presentación de esta novela, en un acto organizado por la Fundación Sindical Ateneo Primero de Mayo. En Madrid, calle Lope de Vega, 38. En la sala Trece Rosas.

jueves, 8 de junio de 2017

Enfermería pública, enfermería privada

Adelaida y José Antonio por @frlorente frente a "su" Ministerio.
La sanidad está que arde. Los poderes alientan la privatización de un derecho, la salud. Las privatizaciones pueden conllevar un empeoramiento del servicio sanitario, cuando lo que es evidente es que las plantillas de los hospitales privados tienen unas condiciones laborales de semiesclavitud. La ideología neoliberal entiende la salud como un negocio, algo que también está salpicando a la sanidad pública española, una de las mejores del mundo. En la pública siempre están los sindicatos de clase defendiendo derechos laborales y ciudadanos. En la privada, hasta ahora, está instalado el miedo, pero empieza a perderse, también gracias a la solidaridad generada a través de las mareas blancas. En esta entrada, que hace renacer el blog, os presento a dos personas que representan a aquellas en cuyas manos están nuestras vidas...

Se llama José Antonio Guechoum. La explicación de su sonoro primer apellido se explica porque su padre es francés. De hecho, nació en París hace cincuenta años. Ha tenido experiencia como enfermero en la sanidad pública pero ahora trabaja en la privada, en el Hospital Madrid Sanchinarro. Eso sí, en su barrio. Como delegado de CCOO es un pionero del sindicalismo de clase en la sanidad privada, “donde hay condiciones laborales dignas del siglo XVIII”.

Ella es Adelaida Gallego, madrileña del Barrio de Los Ángeles, Adelaida es enfermera en la sanidad pública, en el Hospital de la Princesa. Allí es delegada de CCOO, lo que le ha llevado a “conocer toda la realidad de un hospital, que es como una pequeña ciudad”. Tiene 42 años y un hijo, por lo que conoce muy bien la dificultad para conciliar la vida familiar en una profesión a la que llegó “casi por casualidad”, pero con la que ahora está “encantada”. 

Adelaida y José Antonio coinciden en que las condiciones laborales y salarios de enfermeras y enfermeros de la sanidad privada son mucho peores que los de la sanidad pública. Claro, “en la sanidad privada las condiciones laborales son dignas del siglo XVIII”, explica él como conocedor del sector, y con elocuencia se explaya: “no hay forma de que podamos planificar vacaciones, ni un solo día de nuestra vida dejamos de ver el hospital porque no libramos un solo día”.

Y es que José Antonio tiene turno de noche, por lo que trabaja noches alternas, “y claro, en algún momento hay que dormir”. Luego está el salario, en su caso “la diferencia salarial con la enfermería pública puede llegar a los 900 euros”.  Por no hablar de lo reducido de las plantillas, con ratios escandalosas en las que, por ejemplo, una planta de oncología puede estar atendida por las noches por una enfermera para 17 pacientes.

Adelaida escucha, algo espantada, el discurso de su compañero de la privada y concluye por qué ocurre esto en los hospitales privados: “por miedo de los trabajadores y trabajadoras, porque en la sanidad privada el sindicalismo de clase está empezando ahora”.  Y es que donde hay sindicato consolidado, existen mecanismos para que se respeten los turnos y las plantillas descansen, también en beneficio de los pacientes.

Por eso, asegura, “estamos viviendo un momento muy importante que ha unido a toda la sanidad en torno a la marea blanca”. Ambos coinciden en que no consiste en que se roben derechos a las plantillas de los hospitales públicos, si no en que poco a poco los trabajadores y las trabajadoras de la sanidad privada vayan conquistando esos derechos. La solidaridad entre ambos colectivos ya es un hecho y en las movilizaciones de la sanidad privada ya participan los compañeros y compañeras de la pública.

En esa línea de ir conquistando derechos se esfuerza José Antonio con algunos logros, “por ejemplo, estamos empezando a introducir mecanismos de control horario, algo históricamente inexistente en la sanidad privada y que solo se logra con la existencia de un comité de empresa”.

Reforma laboral y conciliación

Denuncia nuestro enfermero de la sanidad privada que, en la Comunidad de Madrid, el Grupo Quirón está imponiendo las condiciones laborales en el sector, “amparado por la reforma laboral de 2012”. Como en este caso la sanidad es considerada “un negocio” aplican la reforma laboral mezclando plantillas según “necesidades organizativas”, algo que en la pública si se realiza, se hace con mayor criterio, según explica Adelaida.

Un asunto relevante para estos profesionales es la conciliación, especialmente si se es mujer y se tienen hijos, como es el caso de Adelaida. En su opinión “es muy complicada, especialmente para las mujeres jóvenes. Más aún si no hay abuelos que puedan echar una mano”. Esta situación lleva a que las mujeres terminan aplicándose reducción de jornada, “y la reducción de jornada implica que se contrate mujeres suplentes con un tercio de jornada”, convirtiéndose en el cuento de nunca acabar.


“Ante la imposibilidad de conciliar, la solución termina siendo la reducción de jornada o la excedencia”


Eso en lo que respecta a cuidados de niños o niñas porque “luego está la imposibilidad de cuidar a familiares mayores que no se pueden valer por sí mismas”. La frase para negar esos derechos es que es inviable “por necesidades del servicio”.

Claro, esa “situación complicada para conciliar” de la que habla Adelaida se convierte, en el caso de José Antonio en que “directamente no existe conciliación”. Y explica, “si tienes que acompañar a un menor de la familia al médico, aunque sea legal, no se concede. Y todo por miedo a la suspensión”. La enfermería en la sanidad privada padece unas condiciones cercanas a la esclavitud y en estas situaciones creadas por el miedo, a veces desesperantes, “los derechos hay que pelearlos”.

En definitiva, en ambos casos, ante la imposibilidad de conciliar, la solución termina siendo la reducción de jornada o la excedencia.

La mejor sanidad

También hay coincidencia entre enfermero privado y enfermera pública en que la sanidad pública española es de las mejores del mundo, donde están los mejores profesionales. Aunque desde su punto de vista, ésta se mantiene “gracias a los residentes, los Médicos Internos Residentes (MIR), que terminan siendo uña y carne con enfermeras y enfermeros, que terminan siendo quienes les enseñan”.

Aunque suene a estereotipo, la realidad es que lo que ofrece la sanidad privada es cierta suntuosidad, como habitaciones individuales, pero si la enfermedad se complica…, se acaba derivando a la pública.

Pillados por @frlorente durante la charla.
Otros estereotipos ya han desaparecido. La labor de la enfermera es muy respetada y valorada por la ciudadanía. Por su parte, el ser hombre en una actividad tradicionalmente femenina, tampoco es un problema, “de hecho existe cierta discriminación positiva hacia el enfermero por parte de los pacientes, quizá tengan más problemas, en este sentido, los auxiliares”.

Otra coincidencia del discurso de José Antonio y Adelaida es que en el hospital el trabajo es inevitablemente en equipo: médicos, auxiliares, celadores… aunque “los enfermeros y enfermeras somos quienes tenemos la responsabilidad final”.

En ese contexto de trabajo en equipo, destaca José Antonio “aunque desconocido, el gran papel de los sindicatos de clase. CCOO trata con todos los profesionales y defiende a todos los trabajadores y trabajadoras con una visión conjunta y no de gremio medieval”. Y concluye, “¿el futuro…?, es esperanzador, partimos de la esclavitud pagada con la posibilidad de que se vayan aplicando los convenios”. Un futuro que Adelaida espera que “deje de estar tan politizado en la sanidad pública para volver a profesionalizarse”.

Y aquí un video sobre conflictividad en la sanidad privada.



sábado, 18 de febrero de 2017

El Monumental, la calle Atocha, nuestros abogados…

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Mi infancia son recuerdos del cine Monumental como fábrica de sueños. En aquella inmensa pantalla recuerdo el jazz de Los Aristogatos, los puñetazos de Le llamaban Trinidad, la testarudez y dignidad de El puente sobre el río Kwait. El Monumental, en la calle Atocha, espejo de la plazuela de Antón Martín, era también una especie de meeting point aquellos días en que los grises del franquismo tomaban el centro de Madrid. En días de miedo, mi padre, con un olfato excelente, iba a buscarme por las tardes al colegio, en Atocha 45 desde casa, en Atocha 96. Allí la policía pedía documentaciones y luego la vida seguía: pan con chocolate o bocadillo de chorizo; jugar a las chapas y pegar cromos de El porqué de las cosas;  hacer los deberes; cenar; el Telediario de “la normal” (que no La 1) y luego, desde la cama, el murmullo lejano de la Ser o Radio Nacional.

La escultura de El Abrazo, fotografiada por @frlorente.
El Monumental Cinema nació con la idea de ser cine y teatro. En Madrid, patio de butacas, narra Nieves González Torreblanca cómo el 2 de junio de 1935 se fundó el Frente Popular. En realidad allí empezó a nacer el Frente Popular gracias al PCE, que hizo su primera aparición pública tras los hechos de octubre de 1934. Aquel día, en el Monumental, hubo un acto que fue de “gran importancia política por el momento en que se celebraba y por las cuestiones en él planteadas, los trabajadores madrileños expresaron su adhesión a la política y a la conducta del Partido”. (Historia del PCE). Aquel día el Monumental fue testigo de uno de los principales discursos de José Díaz clamando por la unidad de todos los partidos de izquierdas contra el fascismo.

Leo también en el magnífico libro de Leonardo Cohen, (Madrid 1936-1939. Una guía de la capital en guerra) que durante la guerra civil se realizaron importantes mítines. En uno de las Juventudes Socialistas Unificadas, celebrado en el Monumental, el joven Santiago Carrillo llamó “milicianos de cabaret” a esos hombres ajenos a la disciplina militar que paseaban por la ciudad luciendo sus armas y que apenas aportaban nada a la defensa de la ciudad.

Lógicamente en mi infancia no sabía lo luchador que fue el Monumental. Un cine que vi transformarse en Teatro cuando llegué a la adolescencia. En él desembarcó aquel exitoso musical que finalizaba repartiendo dinero falso: El diluvio que viene. Llegó el 11 de marzo de 1977 y allí estuvo hasta 1980. Un tiempo clave en la historia de este país.

Tres meses antes del estreno de El diluvio que viene eran asesinados, en el ecuador geográfico entre mi colegio y el Monumental, los Abogados de Atocha en su despacho laboralista del número 55. Aquellos días los recuerdo con miedo en casa y electricidad en mi calle. En Atocha. Mi madre, que padeció lo indecible en la madrileña guerra civil y su postguerra, era el detector principal del miedo. Bajaba a la tienda de ultramarinos y compraba latas. Latas de leche condensada, latas de sardinas, tabletas de chocolate, botellas de aceite… “por si acaso, que yo sé lo que es pasar hambre”, decía. A mí padre se le cambiaba el gesto, le aparecían tics por la cara y parecía mantener charlas consigo mismo.

Aquella noche del 24 de enero el ruido de sirenas en la calle de Atocha no se apagaba nunca. Recuerdo levantarme de la cama y preguntar a mis padres, que estaban en el salón si sabían qué pasaba. Me dijeron que no. A la mañana siguiente fui al colegio, “porque había que ir”, dijo mi padre. Lo cierto es que faltaron muchos compañeros y no hubo clase normal. Recuerdo el gesto de algunos profesores como don Antonio Santos, que algún comentario valiente hizo. El día siguiente, el 26 de enero, jornada del entierro, no fui al colegio porque mi padre decretó luto y “no había que ir” en un ambiente de miedo y silencio desagradable. Recuerdo una calle Atocha deshabitada.

Después, pasando los días con mis ojos preadolescentes, en un lento desperezar fue volviendo el jolgorio a la calle Atocha. Siguieron las manifestaciones, los botes de humo, los grises, los miedos en casa con los consejos maternales desatendidos: “no os asoméis a ver si va a entrar una bala perdida”. Vi los tiros que metían señores de traje y la sangre de cabezas rotas en el portal de casa. Porque evidentemente yo me asomaba… y con medio cuerpo por fuera de la ventana, hasta que un día se nos llenó la vivienda de humo de un bote policial. Bronca en la calle y bronca en casa.

Y en aquella semana santa de El diluvio que viene recién estrenado, las banderas rojas y centenares de coches tocando el claxon. El Mundo Obrero entró en casa a las claras con formato tabloide y un montón de secciones y, aunque mi madre siguió teniendo momentos de latas de sardinas y leche condensada, todo fue diferente. Tras El diluvio que viene, en el Monumental creo yo que algo estrenó Nacha Guevara. Curiosamente no recuerdo qué. Sólo recuerdo unas piernas que me parecieron inacabables en unas medias de negras. Aún guardo el autógrafo…

El pasado miércoles acudí al Teatro Monumental. Comisiones Obreras organizó un emotivo acto de homenaje en el cuarenta aniversario de los asesinatos fascistas. Allí estaba Alejandro Ruiz-Huerta, el último superviviente del atentado; Joaquín Navarro, el sindicalista de CCOO por el que preguntaron los asesinos; Manuela Carmena, la hoy alcaldesa abogada laboralista de Atocha 55. Allí estaba Sartorius, el Patri, y tantos…, allí estaba la historia viva de las Comisiones Obreras y del PCE de entonces.  Un merecidamente homenajeado Juan Genovés, autor del cuadro El Abrazo y el conjunto escultórico que luce frente al Monumental.

Las emociones se mezclaron: mi padre conmigo de una mano y el DNI en la otra esperando órdenes de los grises, las latas de leche condensada del miedo de mi madre, las sirenas del 24 de enero… Por mi mente y mis ojos desfilaron la buena gente de siempre y también los “milicianos de cabaret”, que decía Carrillo, y que siguen paseando su repulsivo postureo. Volvieron a mi corazón y mis recuerdos El Diluvio que viene y la conquistada libertad con la cara piernas de Nacha Guevara. Una libertad que este país ganó a golpe de muerte, bote de humo y mucho miedo.

No. La Transición no fue un pacto de salón entre las élites. La calle Atocha es testigo de excepción.


SOBRE EL DISCURSO DE JOSÉ DÍAZ EN EL MONUMENTAL, PINCHA AQUÍ.



jueves, 9 de febrero de 2017

Dos años traficando con 50 besos


Virginia Casilda, diseñadora del libro y los carteles
La idea me había merodeado por la cabeza durante algún tiempo, pero fue en estos días de hace dos años cuando empezó a tomar forma. Concretamente el Día de San Valentín, la misma fecha prevista para el estreno en cine de Cincuenta sombras de Grey. Dos años después, el 10 de febrero estrenan la segunda parte, 50 sombras más oscuras, y el destino ha querido que ese mismo día marche con Daniel Sánchez a Alcázar de San Juan, en Ciudad Real, para llevar allí mi libro y el disco que de él ha realizado Dani.

Meses más tarde, los 50 besos abandonaban su forma cibernética para pasar al papel y el 22 de septiembre veían solemnemente la luz en Madrid, apadrinados por Felipe Serrano, Javier López y Javier Juárez y el saxo de Lorenzo Azcona. En el castizo Embajadores, en el Centro Abogados de Atocha, con un centenar largo de amistades como testigos.

Desde ese momento, los 50 besos empezaron a tomar vida propia. Viajaron a Bilbao para ser presentados por Agurtzane Estrada y Unai Sordo en el café Iruña; luego vino la entrevista con Ely del Valle en Onda Madrid, gestionada por Sergio Rodríguez. Y…, en pocas semanas presentaciones en librerías: Muga en Vallecas con Paz Martín, vecina del barrio en su época de diputada regional, y La Sombra, con Paula Guisande, directora de la Fundación Sindical Ateneo Primero de Mayo.

En ese momento ya estaba Daniel Sánchez preparando su disco y comenzó a cantar algunos besos. Algo que hizo también en Fuenlabrada, el día en que apadrinó la historia José Quintana, que en su día fue el alcalde más votado de España y actualmente es diputado regional.

También hubo besos cantados en la Sala Trece Rosas en un emotivo acto matinal organizado por la Federación de Pensionistas y Jubilados de CCOO de Madrid.

Sin darme cuenta han transcurrido dos años y marcho a celebrarlo a Alcázar de San Juan, tierra de quijotes y dulcineas, en plena Mancha manchega donde hay mucho vino, mucho pan, mucho aceite, mucho tocino.



Aquí Dani Sánchez en acción el día de la presentación de su disco basado en mi libro: