Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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domingo, 18 de abril de 2010

La isla interior / La locura, la normalidad y la tragedia

¡Madre de Dios! De drama, nada. Es una tragedia en toda regla que tiene todos los componentes de la tragedia griega, incluido el de que ni siquiera hace llorar. Lo aseguro yo, que a esta proyección me acompañó la persona que más llora del mundo con las películas: Yolanda, también conocida como El sauce de la fila 7. Llorona donde las haya, salió de La isla interior absolutamente tocada, pero sin derramar una sola lágrima.

Claro, lo malo de las tragedias stricto sensu, que diría la Sita Esperanza, mi profesora de latín en su día, es que no son dramas que nos llegan al hígado porque, no sé, son como la exageración de la mala suerte. Están en el extremo, y tratadas sin cuidado pueden llegar a rozarse con la comedia, que tampoco es drama.

Los personajes de La isla interior están todos fatal, que se trata de una familia disfuncional. Por una parte, tres hermanos: Gracia, Martín y Coral, con sus vidas, incomunicados entre ellos pero necesitados los unos de los otros. La cinta nos los presenta con esto que ahora está tan de moda, con tres historias autónomas pero relacionadas.

Luego un padre esquizofrénico que está muriéndose en el hospital y como nexo de unión una madre (Geraldine Chaplin) que hace y deshace, que gobierna con mano dura el pequeño manicomio que es su casa.

La historia transcurre en tres días y en ella se nos presentan los miedos y temores inconfesables que los tres hermanos tienen a padecer la locura del padre. Es una historia de locura y miedo, pero también de tabúes y secretos inconfesables.

La aparición de algunos secundarios hace que nos planteemos quienes están peor, si los locos, los disfuncionales, o los considerados normales: unos seres falsos, acomplejados, incultos, hipócritas, machistas, violentos, crueles, insensibles.

Destacaría la interpretación de Alberto San Juan, como Martín, aunque a veces me recordaba a Rain Man, y no me gusta que unos actores me recuerden a otros. Más si uno es esquizoide y el otro (Dustin Hoffman en Rain Man) es autista. Además, Geraldine Chaplin borda su papel con una escena especialmente llamativa: cuando llora desconsoladamente sobre la cama, abrazada a al almohadón con su cuerpecillo esquelético y arrugado…, ella, con el personaje tan duro que interpreta.

Quizá sea mejor ver esta película en la sesión de las cuatro. Que llevarse esta tragedia a la almohada no puede ser muy bueno para las posibles disfunciones de nuestro cerebro.

Aquí os dejo el trailer.

jueves, 21 de mayo de 2009

La vergüenza y los maduros inmaduros

Después del trauma que padecí con Al final del camino, me he reconciliado con las subvenciones al cine español tras ver La vergüenza, protagonizada por Alberto San Juan y Natalia Mateo. Ópera prima de David Planell. Una película que perfectamente podría ser trasladada a un escenario teatral por su fuerte carga dramática y por los lugares, a veces algo claustrofóbicos en los que se desarrollan, sin apenas exteriores, en el interior de una casa. O mejor, de dos.


Con la excusa del acogimiento y adopción de un niño peruano. Planell nos plantea la eterna cuestión de la sinceridad absoluta y no sólo la vergüenza, sino también los miedos a decir siempre la verdad absoluta. Las consecuencias de decir la verdad, el derecho a la absoluta intimidad en asuntos "confidenciales" y personales. Aprovecha también esa tradicional crisis de los cuarenta, ese momento de cambio, de metamorfosis para que la angustia estalle en la pantalla. Cierto que hay pinceladas de humor, de ironía fina.

Pepe (Alberto San Juan) es ese treintañero largo, inmaduro, con cierto síndrome de Peter Pan, característica que yo creo es especialmente masculina, egoísta, incapaz de afrontar el envejecimiento. Amante de sus madelman, sus juguetes, sus peces. Incapaz de ser responsable incluso de un hijo. Por culpa, o gracias, a una conversación llena de sobresaltos con una trabajadora social descubre cosas que desconocía de su pareja, Lucía (Natalia Mateo), y viceversa. Descubren que no tienen claro por qué son pareja.

Y todo ello con un leit motiv: no soportan al hijo peruano que están en vías de adoptar, lo cual es, ante todo, vergonzante y políticamente incorrecto. Más para una pareja acomodada, pero progre, que, por ejemplo escucha la Ser, a Francino y el desastre de la gestión del Canal de Isabel II. Y eso que en los créditos queda claro que la Comunidad de Madrid ha colaborado, económicamente se supone, con el guión. Eso sí, la primera frase de la película la dice Francino a modo de despertador y se refiere a un accidente laboral, y, como no podía ser de otra manera, con declaraciones de Comisiones Obreras.