En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965.
En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...)
Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor.
Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión.
Alfonso Mauricio Roldán Panadero
La tristeza congénita y una desbordada miopía hacían que la mirada de mi madre, Conchita Panadero, con ojos de color indeterminado fuera… particular. Incluso en el día de su boda.
La miopía, de la que pasada la cincuentena se operó un poco, también fue consecuencia de la Guerra Civil. El hambre, la desnutrición infantil madrileña de la época atacaba a la vista como el frío a la piel. Eran también características de Conchita Panadero las secuelas de los sabañones. Sí. Esa generación de niños y niñas madrileñas pasaron frío, hambre y miedo.
En el caso de Conchita, pasados los años, estas fechas navideñas se tornaban de una felicidad nunca vivida.
Mi madre era una persona agradecida. Siempre agradeció a aquellas que ayudaron en su educación en tiempos muy difíciles. Esa especie de deuda la devolvió con el tiempo enseñando a mujeres mayores a leer, a escribir, a echar cuentas…, y también a escuchar en sus problemas.
Aquel 21 de diciembre iba en Metro de Antón Martín hacia San Blas. Un grupo de “alumnas” esperaban para la función navideña previa a las vacaciones. Pero un derrame cerebral se interpuso en el camino. Debió sentirse mal, salió a la calle. Se sentó en un banco. Una señora la atendió. Llamó a una ambulancia y en el Día de Nochebuena se moría en el Hospital de la Princesa.
La mujer que la atendió se preocupó por ella, siguió la pista y apareció en el Tanatorio aquel 24 de diciembre. Recuerdo cierta impotencia en sus explicaciones y mucho agradecimiento por mi parte.
Ese 24 de diciembre el tanatorio era un oasis de tristeza en medio de petardos, celebración y fuegos artificiales. Un entierro en Navidad, cuando la luz empieza a apoderarse de los días, resulta como la mirada de Conchita Panadero…, particular.
Estas fechas son una mezcla de sentimientos: de feliz infancia, de frío de muerte y de sentir cerca a Conchita y Alfonso. Así leídos, los dos nombres juntos, parece este final una viñeta de Forges. Eso sí.
Aunque la muerte es el momento
más solemne de la vida, en mi familia desarrollamos cierto humor negro
alentados quizá por don Mauricio, mi abuelo materno, que era marmolista. Don
Mauricio tuvo que bandear con viudas, viudos, desconsoladas hijas e hijos, con
epitafios del tipo “por un peo aquí
me veo”. Al menos eso contaba él…
Cosas de la vida, o de la muerte,
el otro día me encontré en El Mundo unas fotos y un vídeo con cadáveres
hacinados en un departamento de Anatomía de la Facultad de Medicina de la
Universidad Complutense. Las imágenes eran de mal gusto y llamaban a eso tan
humano que es el morbo. Yo, que soy humano, miré, y vi las imágenes quizá
especialmente horrorizado porque mi padre al morir, hace tres años, donó su cuerpo a la Universidad Complutense para que los estudiantes de medicina
experimentaran con su cuerpo.
No donó mi padre su cuerpo “a la
ciencia”, como él decía, por ahorrar en el entierro, sino consciente de estaba
prestando un último y solidario servicio a la sociedad. Tenía claro que después
de muerto ese cuerpo ya no era nada. Recuerdo que comentaba la costumbre de los
esquimales. Éstos abandonan a los viejos, aún con vida, entre los hielos para
que los osos los devoren. Luego, el oso es el alimento de los esquimales y así
el espíritu del muerto vuelve al hogar. Así escrito puede resultar hasta
poético, pero si vemos las imágenes de un oso devorando a un esquimal moribundo
pues la cosa cambia.
Eso me ha ocurrido. Ver las
imágenes en las que una de esas piernas podía ser del cuerpo de mi padre no es
agradable, aunque él mismo hablaba de las “perrerías” que con su cuerpo harían. Lo que más me ha molestado de
esta truculenta historia, más que las imágenes, es que al final se ha usado el
cuerpo de mi padre por algún interés espurio. Vendetas políticas entre
departamentos quizá apuntando al rector Carrillo. Eso, también le habría
molestado a mí padre.
También me gustaría saber si
alguno de los periodistas de El Mundo tienen
algún padre entre los cadáveres hacinados. Incluso me gustaría saber si los
padres de los profesores de anatomía, o quien abrió aquella puerta de los
horrores tenían el cadáver de algún familiar. Lo que tengo claro es lo que
decía mi abuelo, el castizo marmolista, y aplicable a todos los órdenes de la vida, incluida la muerte: “Después de burro muerto, la cebada al rabo”.
Hace
ya más de tres años que este mundo se le quedó pequeño.
A
pesar de su sentido del humor siempre le acompañó una pincelada melancólica en
la mirada.
Vivió,
sobrevivió, padeció tiempos muy duros. "Bueno. En general, he sido
feliz", me dijo en esos últimos días, ya con el billete de ida adquirido.
O de vuelta, no sé.
Esta
noche le habría llamado para decirle "felicidades". Esta noche,
cuando me enfrente al espejo mientras me lave los dientes, veré en mí algo de
su mirada. Ahora veo mi mano, tantas veces enredada en la suya.
Fue
un buen tipo.
Felicidades
a los padres. Los buenos padres. No sólo a los padres biológicos. Ser padre biológico
no implica ser buen padre. Felicidades a esos padres que son cómplices, apoyo,
guía, espejo… Esos padres que se desvelan, se preocupan. Esos padres que serán
eternos porque su huella es imborrable.
Yo no recuerdo qué hicimos
aquel día en clase, allá por 6º de EGB, para que el profesor de música, don
Joaquín, nos hiciera copiar a todos cien veces la frase: «para ser respetado
hay que ser respetable». Debió ser gorda porque don Joaquín no era de los de
castigar. Tampoco sé si el método pedagógico era el más adecuado, pero es lo
que había..., y al cabo de cuarenta años la frase se mantiene en mi cabeza. Y,
en honor a la verdad, personalmente la frase sólo la copié en cincuenta
ocasiones porque usé el truco de poner dos bolis Bic atados con una goma y
escribía por duplicado de dos en dos líneas.
Luego hilé
la frase con quien fue mi primer y más cercano referente en CCOO: mi padre, un
tipo trabajador y honesto. Contaba mi padre cómo los viejos comunistas, él
nunca se afilió a ningún partido, eran el temor de jefes y empresarios por el respeto que día a
día se ganaban. Eran irrepochables en su conducta, disciplinados, puntuales,
trabajaban como los que más; por eso el día que levantaban la voz lo hacían
llenos de razón y razones. Sin ánimo
de ser considerado una antigualla, creo que ese debería ser el camino porque
ese es uno de los origenes de las siglas CCOO. Siglas que están por encima de
sus dirigentes más visibles, conformadas por miles de personas anónimas,
tuvieran la sensibilidad política, oficio o profesión que fuera.
Sin CCOO no habríamos conquistado esos derechos que
ahora nos quieren robar sin autoridad pero con autoritarismo. Evocando a
Unamuno, podrán vencer (que no vencerán), pero no convencerán. No tienen nuestro
respeto, no son respetables. Entretanto nos queda fuerza para la rebeldía, con
autoridad moral, que no autoritarismo. El tiempo pondrá a cada cual en su
sitio.
La victoria de la huelga de barrenderos y jardineros de Madrid es la prueba. Es el camino. Los trabajadores organizados en sindicatos tienen fuerza, capacidad de presión y negociación. Un ejercito de trabajadores anónimos pero organizados han vencido al sinsentido. Hay futuro. Sí se puede.
El 21 de diciembre del año 2000 empezó a morirse mi madre. Iba en Metro y un derrame cerebral se la llevó por delante el día de Nochebuena. Diez años después, o sea, el otro día, el 21 de diciembre de 2010 empezó a morirse mi padre.
Según me contaba el 17 de diciembre, le habría hecho ilusión irse también el día 24, pero la de la guadaña se adelantó en unas pocas horas y en el anochecer del 23 le cerré los ojos, que estaba ya cansado de andar entre los vivos. Había hecho testamento vital para evitarse tubos, sondas nasogástricas y prórrogas absurdas. Además, dejó claro que su cuerpo fuera utilizado para que los estudiantes de medicina investigaran. Es decir, murió y su cuerpo fue trasladado sin festejos mortuorios, tal como era su voluntad. En el cajón de su mesilla, en un sobre accesible, con mayúsculas esribió que no quería recordatorios y que cuando se mueriera avisáramos a la familia “por el que dirán”. Para no dejarnos sin fiesta escribió que con los ahorros, nos diéramos una comida (su descendencia y aledaños, a ver si ahora se va a apuntar todo el mundo) y si no llegaba, que pagáramos “a escote”. Sólo nos falta por cumplir esa parte, que tenemos que ajustar agendas, que siempre falta alguien.
Este lío ha sido el motivo principal de que no haya podido responder a felicitaciones de fiestas y de año nuevo como me hubiera gustado. Espero que esta entrada sirva de explicación. Y como no es un obituario “estrictu sensu”, aprovecho para disculparme por mi desaparición de estos días y para desearos un 2011 muy especial. En positivo. (En la foto primera, arriba, mi padre en 1950. En la siguiente, me tiene en brazos en el verano de 1966. En la tercera, en el Parque Sur más o menos en el 69. Abajo, en color, hace cosa de un año, cuando ya se metía unas 15 pastillas diarias por prescripción médica, que no para ir a una macrofiesta.)
Un 2011 que está inmerso en plena crisis económica. Y es que, volviendo a mi padre, el destino (empujado por él mismo) ha querido que naciera en octubre de 1929 y se muriera en el fin de 2010, como en el juego de la oca: “de crisis a crisis y tiro porque me toca”.
Cuando los estudiantes de medicina se enfrenten al cadaver de mi padre se encontrarán con un cuerpo que fue de niño en la guerra y de adolescente en la posguerra. De niño de bando perdedor.
Los magníficos cuadros médicos de nuestra posguerra decidieron que le iban a inutilizar un pulmón (tiene nombre técnico pero no me acuerdo), con lo que, sin motivo según explicaron después, le jodieron buena parte de su vida. Con este antecedente, años más tarde, le diagnosticaron gases donde había una apendicitis que fue creciendo hasta reventar en peritonitis. Una peritonitis que le llevó a una muerte clínica, de la que volvió, y de lo que se regodeaba contando la historia de la luz al final del túnel. En aquellos tiempos la sangre no se donaba, sino que se vendía y no en buenas condiciones, lo que hizo que el hombre, que le habían metido litros de plasma ajeno, pillara una escarlatina a los cuarenta y tantos. A pesar de todo ello siempre se levantaba. Tanto es así que no ha permitido morirse en silla de ruedas, ni siquiera con bastón.
Era mi padre gran paseador de Madrid. Y siendo yo pequeño me llevaba de allá para acá. De esos días tengo algunas máximas: “Si te acuestas con una chica ten cuidado de no dejarla embarazada” (dicho esto sin más pistas me dejó un tanto descolocado); “cuando andes por las calles de Madrid mira para arriba verás que fachadas más bonitas” (yo lo tomé como algo profundo, con el sentido de mirar desde distintas perspectivas, pero creo que el me lo dijo en sentido literal); “el ajo es bueno para la salud” (pues eso): “el limón es bueno para la salud” (lo mismo); “afiliate a Comisiones Obreras si quieres, pero no te líes con los partidos políticos” (no comment). Un día vino del banco (era bancario) y me dio unos papeles para ingresar como botones. La máxima fue concreta: “o estudias o lo rellenas”. Estudié, más o menos, que lo de bancario no va mucho conmigo. Ni con él, pero no le quedó otra.
Era mi padre hijo de abogado y bibliotecaria. El abogado murió en 1934 y tiene larga historia aparte. La bibliotecaria, de Izquierda Republicana y UGT se quedó en la posguerra madrileña con cuatro hijos, sin casa, sin nada de nada. Es decir, como tantas familias de la época tenían un problema: sobrevivir. En estas circunstancias, para mi padre el paraíso estaba en la Unión Soviética. En el fondo le habría gustado ser uno de los niños de la guerra que embarcaron para Rusia. Pensaba que de haber sido así podría haber estudiado una carrera, que él se veía como un astrónomo que en sus ratos libres podría haber tocado el violín o el piano. Lo último que escuchó en su reproductor de CD lo puedes oír pinchando aquí.
Así que se hizo con una biblioteca relativamente amplia y heterodoxa. Desde 1947 recibía la revista El Correo de la UNESCO, previo paso por la censura. Luego se hizo asiduo de la Librería Rubiños (hoy la Casa del Libro de Goya), donde se vendían revistas y libros de la Unión Soviética. Cada mes llegaba a casa el Sputnik, trasunto sovietico del Readest Digest; Novedades de Moscú; Cine en la URSS y etcétera. Luego se desintegró la Unión Soviética y lo llevó mal. Eso sí, el pasado 17 de diciembre, mientras me contaba en un box de urgencias lo de morirse el 24, recordaba que la culpa de esta crisis era del “gran capital”, que los gobiernos no pintaban nada, y que algo había que hacer. Estaba convencido de que si hubiera habido Unión Soviética, en occidente no se habrían atrevido a tocar el estado de bienestar. En fin, teorías de un octogenario…
La última década la pasó en una residencia, con lo que su marcha ha sido bastante machadiana. En sus estantes convivían El milagro de la melatonina; De qué hablan los animales; Las abejas, farmaceúticas aladas; El ajo; una biografía de Ghandi, otra de Luter King, otra de Ramón y Cajal; cosas de templarios como el relato de Francisco Javier López, que yo creo que no relacionó con el secretario general de CCOO de Madrid y no tengo ni idea de cómo llegó a sus manos. En su interior una fotocopia, “guía del monasterio de Sant Joan de les abadesses”.
Podría contar las últimas horas de mi padre. Cómo en un momento buscaba mi mano de forma similar a como hacía yo con la suya cuando me iba a buscar al cole. O cuando íbamos por el parque y le impedía leer el periódico (El Pueblo, Informaciones, Ya, El País, dependiendo de la época. El ABC no entró nunca, no sé por qué). Podía contar cómo me decía que estaba cansado de la agonía, que quería acabar. Pero no voy a aburrir con más palabras. Bueno, voy a transcribir una cuartilla, o una parte, que he encontrado escrita por mi madre titulada
“Reportaje de nosotros a mi querido esposo”:
Éramos niños de guerra,
arrastrábamos mochilas
llenas muy llenas
de misterios y fantasmas.
Pesada carga la nuestra
hambres, fríos, muertes de nuestros seres queridos.
Miedos
colas
bombardeos
granadas
muertes
incendios.
Éramos niños de guerra
similares en desgracias
Ha terminado la guerra,
la posguerra nos remacha.
(…)
La asignatura pendiente,
la ignorancia concentrada.
Pero estos niños de guerra,
sabemos sufrir de veras
pudiendo salir airosos
de todos los contenciosos.
(…)
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En fin, uno de mis temas favoritos es A mi manera, que bien se le podría aplicar. en parte, a mi padre. Ahí va:
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P.D. Otra máxima de mi padre era "el mejor jabón, el de Lagarto". Vale. Era un tipo peculiar.