Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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martes, 5 de enero de 2010

El erizo

Ocurrió el año pasado. En realidad hará cosa de tres meses. O menos. Una amiga me decía que si podía prestarle el libro La elegancia del erizo, que comenté tras haberlo leído en verano. Con prestancia realicé el prestamo sin ponerle fecha de caducidad. A pesar, incluso, de llevar algún subrayado que puede poner en evidencia alguna característica de mi oscura personalidad. Me advirtió mi amiga que era lenta lectora, que primero lee un libro y luego otro y luego otro. Era cierto. Han estrenado la peli El erizo, basada en el best seller, y no tengo noticia del libro. ¡Caray!, ni de mi amiga. Que es peor. Claro, que el libro anda por ahí con subrayados…

Vi la peli hace ya unos días, y ahí estaba, madurando en mi cabeza, en el archivo "Cine", subcarpeta "película basada en libro leído" cuando me encuentro con una entrada en el blog de una mujer a la que sigo (en la cosa esta de los blogs), dedicada a la peli. Claro, dejé un comentario de estos espontaneos y viscerales. Y me di cuenta que necesitaba a alguien que dijera algo que me resultara interesante para arrancarme. Así que traicionando a La vida desde el lago, dejé un personal rollo en Talento Diferencial.

El problema es que leí el libro. Y, a pesar de ser un best-seller, me gustó. Lo devoré, pero también lo saboreé. Releí varias reflexiones y monólogos que, lógicamente, en la peli no cabían.

Cuando leemos un libro lo hacemos nuestro. Interiorizamos la historia, las descripciones y los personajes. A estos les damos nuestra voz interior y saboreamos la historia basándonos en nuestra experiencia. En nuestras experiencias y nuestra imaginación. Me sorprendió de la película que los personajes se parecían muchísimo a lo que yo había imaginado en el libro. Por no destripar nada diré que interioricé de manera diferente la relación final entre René y Ozu.

A mí me gusta esa relación estética, intelectual. Esa relación que permite que dos seres hablen, con palabras o sin ellas, sobre las emociones o no emociones que reciben al ver un cuadro, leer un libro, escuchar una música, ver una película o degustar sushi. Incluso a desarrollar una postura de pilates o yoga; o una jugada de fútbol. Quizá esto lo he descubierto hace relativamente poco. En unos días en que decidí virar lentamente a estribor, aprovechando las mareas y el rular del viento. Un virar que, como plantea el libro hace que intenté cada día pensar el futuro para que cada día sea imperecedero.

En la peli, efectivamente se da una mayor relevancia a la máxima de Tolstoi. "las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera". Y a través de Tolstói "la autora vincula la vida interior de los libros con el mundo exterior y a Reneé con el nuevo protagonista de la historia: un japonés mundano en el mejor sentido, arquetipo del movimiento, para descubrir lo oculto y la belleza detrás de las apariencias", que dice Mamolar.

La peli, con evidente aroma francés que a tantos denigra pero que a mí me agrada, es muy digna y utiliza interesantes recursos para no traicionar la obra en la que se inspira. Eso sí, al negro sobre blanco se le saca mayor sustancia. Y evocando a Manolo Escobar, ¿dónde estará mi libro?

Ahí os pongo el trailer en español:



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viernes, 27 de noviembre de 2009

Glow con los cinco sentidos

Las cosas de este cibermundo, de este lío de la web 2.0 y de los blogs hizo que recalara en la entrada (post que dicen los que saben) de una joven pero vieja y admirada amiga. En él relata acerca de "las maneras de ver" las creaciones artísticas. Finaliza sugiriendo "una lectura, un cine, una conversación, una melodía, aquello que más nos apetezca. Sólo por el hecho de hacerlo, sin ningún otro fin, con los cinco sentidos".

Dicho esto, el otro día estuve en el Apolo escuchando, viendo, sintiendo Glow. Un espectáculo que deja boquiabiertos a mayores y a peques. Los decibelios se introducen por los poros de la piel, la cuarta pared se convierte en quinta, que en el teatro se dan cita el cine, los comics y el propio musical. Todo ello rebosante de efectos especiales. Los cinco sentidos se confunden, que no sabes si estás viendo una peli en 3-D, un cómic hecho teatro y unas onomatopeyas silenciosas aunque estallen en el cerebro al leerlas sorpresivamente.

Glow es estética nueva para la escena y para ello, su director (no había programas a pesar del euro que le di al acomodador y no me apetece mirar en Internet el nombre del señor israelí que manda en el asunto), su director, digo, es evidente que toma dos referentes cinematográficos: La Máscara para la estética y Matrix para la secuencias, con una escena basada en este filme, realmente espectacular. Y todo ello, sin olvidar algún clásico musical como Money, Money de la inolvidable y sofisticada Minelli de Cabaret (¿hará algo sobre ella el apartamento en París?).

Y como vi el espectáculo con cinco o más sentidos, la parte negativa llega después. Cuando reposas el espectáculo, cuando macera en el cerebro llegas a otras conclusiones. Visual y estéticamente es sorprendente, pero…, la historia no me dijo nada. Es más, la veo repleta de estereotipos: un chico bobo (con cierto aire al Jerry Lewis en la caracterización); una chica; un jefe malo. Y el amor romántico que vence al poderoso. ¿Por qué después del alarde imaginativo que supone la puesta en escena, con diez actores invisibles perdidos en el foro negro, no se esfuerzan más en el contenido? Glow es como unos magníficos fuegos artificiales para deleite de los sentidos que más se sorprenden, pero tiene poco alma.

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