Blog de Alfonso Roldán Panadero

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En las fronteras hay vida y tuve la suerte de nacer en la frontera que une el verano y el otoño, un 22 de septiembre, casi 23 de un cercano 1965. En la infancia me planteé ser torero, bombero (no bombero torero), futbolista (porque implicaba hacer muchas carreras), cura (porque se dedicaban a vagar por la vida y no sabía lo de la castidad...) Luego, me planteé ser detective privado, pero en realidad lo que me gustaba era ser actor. Por todo ello, acabé haciéndome periodista. Y ahí ando, juntando palabras. Eso sí, perplejo por la evolución o involución de esta profesión. Alfonso Mauricio Roldán Panadero
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miércoles, 1 de mayo de 2013

Primero de Mayo, Los mártires de Chicago. La historia interminable...


La crisis a la que nos ha llevado un capitalismo salvaje sustentado en la estafa y la corrupción hace que el Primero de Mayo tenga la misma vigencia, si no más, que cuando nació en 1884. En aquél año, la American Federation of Labor decidió promover con el apoyo de todos los sindicatos estadounidenses que la jornada normal de trabajo en todos los oficios fuera de ocho horas a partir del 1 de mayo de 1886. Previamente, la proclamación de la Ley de ocho horas fue firmada por el presidente de los Estados Unidos, Ulises S. Grant, y el secretario de Estado, Hamilton Fish, el 19 de mayo de 1869. Esta ley sólo afectaba a los trabajadores pagados por el Gobierno, pero fue un importante precedente.

En muchas ciudades las empresas accedieron a la reivindicación sindical. En otras, la patronal se opuso frontalmente. La tragedia estalló en Chicago poco después de que estuviera prevista la entrada en vigor de la jornada de ocho horas en todos los oficios. Fue el 4 de Mayo de 1886 cuando August Spies, Albert Parsons, Samuel Bielden, Oscar Neebe, Adolf Fischer, Georg Ángel, Michael Schawb y Louis Linng fueron detenidos y, tras una farsa de juicio, condenados a la horca. Sólo Schawb, Neebe y Bielden se libraron de la muerte al conmutarse su pena por quince años de prisión.

En aquellos tiempos, hombres, mujeres y niños realizaban jornadas laborales de 10, 12 y 14 horas por lo que la reivindicación básica era la de la jornada de ocho horas para hacer valer la máxima de “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para el hogar”.

Entre 1884 y 1886 fue calando la reivindicación de las ocho horas de jornada promovida por la American Federation of Labor. Todas las uniones regionales decidieron ir a la huelga si a partir de mayo de 1886 no se alcanzaba esa reivindicación. El presidente Andrew Johnson promulgó la denominada Ley Ingersall que establecía la jornada de ocho horas.

La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (la principal organización de trabajadores en EEUU) remitió una circular a todas las organizaciones adheridas donde manifestaba que ningún trabajador adherido a esa central debía hacer huelga el 1 de mayo ya que no había dado ninguna orden al respecto. Este comunicado fue rechazado de plano por todos los trabajadores de EEUU y Canadá, quienes repudiaron a los dirigentes de la Noble Orden por traidores al movimiento obrero.

Al tiempo, tal como ocurre en la actualidad, la prensa, mayoritariamente, emprendió una campaña contra la huelga y la jornada de ocho horas. El New York Times afirmaba:
“Las huelgas para obligar al cumplimiento de las ocho horas pueden hacer mucho para paralizar nuestra industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad de nuestra nación, pero no lograrán su objetivo”.

El 1 de mayo de 1886, 200.000 trabajadores iniciaron la huelga, mientras que otros 200.000 obtenían esa conquista.

En Chicago las condiciones laborales eran mucho peores que en otras ciudades. Las movilizaciones siguieron los días 2 y 3 de mayo. El único centro que trabajaba era la fábrica de maquinaria agrícola McCormick que estaba en huelga desde el 16 de febrero porque querían descontar una parte del salario para la construcción de una iglesia.

La producción se mantenía a base de esquiroles. El día 2 la policía había disuelto violentamente una manifestación de más de 50.000 personas y el día 3 se celebraba una concentración en frente de sus puertas, cuando estaba en la tribuna el anarquista August Spies sonó la sirena de salida de un turno de rompehuelgas. Los concentrados se lanzaron sobre los esquiroles comenzando una pelea campal. La policía, sin aviso alguno, comenzó a disparar sobre la multitud. El resultado fueron seis muertos y varias decenas de heridos.

El 4 de mayo  se convoca una concentración de repulsa en Haymarket Square. Se consiguió un permiso del alcalde Harrison para realizar el acto a las siete y media de la tarde.

La revuelta de Haymarket

El acto se alargó y la policía decidió disolver por la fuerza a las 20.000 personas que seguían concentradas. Repentinamente, entre la policía estalló un artefacto que produjo la muerte de uno de ellos. A partir de ahí abrieron fuego sobre la multitud provocando un número indeterminado de muertos y heridos. Se declaró el estado de sitio y el toque de queda. Y cientos de obreros fueron detenidos, golpeados y torturados acusados de la muerte del policía. La prensa inició una campaña solicitando juicios sumarísimos.

El 21 de junio de 1886, se inició la causa contra 31 responsables, siendo luego reducido el número a ocho. Pese a que el juicio fue en todo momento una farsa y se realizó sin respetar norma procesal alguna, la prensa amarilla sostenía la culpabilidad de todos los acusados, y la necesidad de ahorcamientos. Aunque nada pudo probarse en su contra, los ocho de Chicago fueron declarados culpables, acusados de ser enemigos de la sociedad y el orden establecido. Tres de ellos fueron condenados a prisión y cinco a la horca.

La Historia ha determinado que su juicio estuvo motivado por razones políticas y no por razones jurídicas, es decir se juzgó su orientación política libertaria y su condición de obreros rebeldes.

Los vaivenes de España 

Entre el 14 y el 20 de junio de 1889 se celebraba en París el Congreso Internacional Obrero Socialista, al que acudió Pablo Iglesias en representación de los socialistas españoles. En aquella reunión se aprobó la resolución de celebrar una manifestación internacional el Primero de Mayo para reivindicar la jornada laboral de ocho horas. La fecha conmemoraba los trágicos sucesos de 1886 ocurridos en Chicago.

En España, aquella primera manifestación fue un rotundo éxito en Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades. Lo socialistas, en su congreso nacional deciden repetir la celebración en años sucesivos. En 1891 el Gobierno conservador de Cánovas prohíbe las manifestaciones que no volverán a ser legales hasta 1902, bajo el ministerio de Alfonso González y Lozano. Desde ese año y hasta 1931, bajo el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera, la legalización sufre vaivenes. Fue el 1 de mayo de de 1931, dos semanas después de proclamada la República cuando las calles de España se llenan de libertad. Luego, con el franquismo, volvería la oscuridad y la represión hasta que las manifestaciones del Primero de Mayo son legalizadas en 1978.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Clara Campoamor, 80 años de sufragio universal

En pleno siglo XXI las mujeres de Arabia Saudita no han podido votar en las elecciones generales, no tienen derecho al voto. En nuestro país hace ahora 80 años que el sufragio femenino era conquistado tras duro batallar. La abanderada de aquella lucha fue una madrileña cuya figura no ha sido convenientemente reconocida: Clara Campoamor. Con 36 años era una de las pocas abogadas españolas y en 1931 era elegida diputada en las listas del Partido Radical al que se afilió por proclamarse: “republicano, laico, liberal y democrático”. Paradójicamente las mujeres podían ser elegidas pero no podía elegir. Campoamor se puso manos a la obra para cambiar esto. Y lo logró.

El padre de Clara, Manuel Campoamor, era contable en un periódico madrileño y la madre, Pilar Rodríguez, costurera. Cuando aquel 12 de febrero de 1888 nació Clara, nada hacía presagiar que la situación de las mujeres en España iba a sufrir enormes cambios en pocas décadas.

Campoamor, junto a Victoria Kent y Margarita Nelken, abanderaron la representación poítica femenina como nunca antes se había logrado y tuvieron que pasar muchos años tras el Golpe de Estado de Franco, para que ese poder resurgiera. Es cierto que para que estas mujeres fueran hitos decisivos, durante años, mujeres y hombres fueron preparando el camino.

El contexto histórico en el que vive Clara Campoamor, finales del XIX, está marcado por el poder y la influencia de la Iglesia católica, encargada de la educación de las mujeres. La Iglesia, hacía de éstas buenas mujeres cristianas en vez de ciudadanas. Las clases rurales y más desfavorecidas, difícilmente tenían acceso a ningún tipo de educación.

Liberar la educación del yugo eclesiástico fue el primer reto, y ahí estuvieron mujeres imprescindibles como Concepción Arenal, o después, Emilia Pardo Bazán o Soledad Acosta Samper. La Campoamor crecería en ese ambiente, en el barrio de Maravillas, más conocido como Malasaña, barrio castizo en el que convivían, los talleres del periódico republicano El País y La Libertad. El padre de Clara murió joven por lo que ella tuvo que colaborar con la economía familiar. Su vida laboral comenzó de modistilla y pasó por multitud de oficios.

Siempre con ansias de avanzar y estudiar opositó al cuerpo de Telégrafos y después al Ministerio de Instrucción pública donde obtuvo la primera plaza de profesora de mecanografía en 1914. Este empleo lo compatibilizó con el de secretaria de dirección del periódico conservador La Tribuna, de Cánovas. El trajín periodístico abrió sus curiosidades políticas por lo que se hizo socia del Ateneo y en cuanto pudo reanudó los estudios conviertiendose a los 36 años en una de las pocas mujeres abogadas.

Sus ideas sobre igualdad la acercan al PSOE, pero no se afilió al partido. Después, su frontal rechazo a la dictadura de Primo de Rivera la alejó de las filas socialistas. En esos tiempos mantuvo una gran actividad como conferenciante en la Asociación Femenina Universitaria y en la Academia de Jurisprudencia, donde siempre defendió la igualdad de derechos.

Uno de sus objetivos no alcanzados fue lograr la unidad de todos los republicanos y republicanas en un gran partido. Tras la rebelión republicana de García y Galán, Clara asumió la defensa de varios encausados, entre ellos, su hermano. Ya, proclamada la Segunda República, fue elegida diputada por Madrid, desde cuyo escaño luchó por la igualdad. Formó parte de la Comisión Constitucional junto a otros veinte diputados y logró prácticamente todo lo que se propuso, salvo lo relativo al voto, que tuvo que debatirse en el Parlamento.

Tras un extraordinario debate que la enfrentó a Victoria Kent, Clara Campoamor fue superior y la minoría de derechas, gran parte del PSOE y algunos republicanos posibilitaron el sufragio universal. Después en 1935 no fue admitida en Izquierda Republicana, momento en el que escribe un libro cuyo título lo dice todo: Mi pecado mortal. El voto femenino y yo.

Luego, el golpe de Estado de Franco y el exilio del que no pudo volver por estar procesada por pertenencia a una logia masónica. Desde 1952 se instaló y trabajó en Lausana (Suiza), donde murió en 1972. Años después, sus restos fueron trasladados al cementerio de Polloe, en San Sebastián, en el panteón de la familia Monsó Riu.


“Producto de los dos sexos”

El discurso de Claracampoamor en las Cortes es una lección de parlamentarismo, de retórica, de convicción, de buenas formas. Campoamor tuvo que enfrentarse a Victoria Kent, que era contraria al sufragio femenino porque temía que las mujeres votaran lo que les dijeran sus confesores.

A ella dedicó el inicio de su discurso, “lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu alhaberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer”. Sus argumentos eran sólidos:“¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad?

Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?”Y recuerda al varón que somos producto de hombre y mujer:“Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer”.

Pinchando AQUÍ puedes acceder a la miniserie que emitió recientemente Televisión Española sobre Clara Campoamor.

Y aquí un homenaje al movimiento sufragista, que aún tiene trabajo: