
La
película del húngaro László Nemes retrata un episodio bastante desconocido de
aquel horror. La historia se centra en los sonderkommandos,
cuadrillas de presos obligados a conducir a otros presos a las cámaras de gas,
incinerar sus cadáveres, recoger sus pertenencias y hacer desaparecer todo. Es
real que miembros de uno de estos comandos llegaron a realizar cuatro
fotografías en el interior de Auschwitz en el que se observa una incineración y
mujeres desnudas a punto de entrar a una cámara de gas.
Algo
que logra Nemes con esta película es que el sonido aterrador de puertas,
griterío, silencio, frío viaje desde nuestros oídos a nuestro corazón. Si el
infierno existiera tendría ese sonido. La cámara al hombro siguiendo al protagonista
nos introduce en el asfixiante pabellón en el que los judíos entraban a las
cámaras de gas; nos pasea, atenazados, por el bosque circundante…
Un
protagonista que, como todos, está moralmente deshumanizado. La única salida
que su cerebro encuentra es obsesionarse en salvar del horno crematorio el
cuerpo de un niño para enterrarlo según el rito judío. Una tarea complicada, ¿una
tarea con sentido?
El
estreno de la película en nuestro país estuvo precedido de uno de esos debates
intelectuales que pueden resultar interesantes: ¿Cómo se representa lo
irrepresentable y desconocido? Yo no entro en el debate, pero coincido con su director,
que ha filmado en 35 mm porque es el auténtico cine, “lo comprobarás dentro de
veinte años cuando no puedas abrir el archivo de una película realizada en el
año 2000”. Vamos como ocurrirá con este blog…
La película está nominada a los Óscar 2016 como mejor película de lengua no inglesa.
País: Hungría.
Director: László
Nemes.
Guión: László
Nemes, Clara Royer.
Reparto: Géza
Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn
Freiberg, Uwe Lauer, Attila Fritz, Kamil Dobrowolski, Christian Harting.
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